Alto Tajo: el río que nos lleva

Después de un fin de semana, el último de libertad antes de un nuevo semi confinamiento y uno muy especial para mí, en la zona del Alto Tajo, no me ha resultado extraño saber que José Luis Sampedro le dedicara a esta zona la novela homónima al título de esta entrada. A escasas 2 horas de casa, he descubierto un oasis de paz plagado de paisajes que te roban el aliento y que, ahora que de nuevo no puedo cruzar los límites de mi municipio, se me antoja un lugar al que volver en mi mente cada vez que, de nuevo, la montaña rusa de emociones quiera precipitarme hacia el vacío.

Nuestra pequeña aventura arranca cerca de Peralejos de las Truchas, donde nos alojamos en los acogedores Apartamentos Rurales Chon Alto Tajo, y poco después de iniciar nuestro camino abandonamos la carretera general para tomar lo que allí llaman “pistas”, esto es, un camino de tierra que, a tramos es más llevadero, pero otros tramos se convierten en un vaivén constante esquivando surcos y piedras. La pista pronto nos descubre un paraje que parece sacado de una postal pues, además, el otoño ya va ganando terreno al verano y empieza a pintar los árboles con sus colores ocres mezclados con el verde de los pinos y la belleza agreste del paisaje kárstico además de, por supuesto, el azul celeste del Tajo.

Continuamos el sinuoso camino para adentrarnos en el Barranco del Horcajo, una maravilla natural que ha creado uno de los numerosos afluentes que tiene el Tajo en esta zona gracias a la erosión constante de las rocas. Estas rocas son el producto de varias épocas de movimiento de las placas tectónicas y por tanto combinan diferentes tipos de materiales, lo que provoca que algunas capas de la misma roca tengan menos resistencia y se desgasten con más facilidad. Así, las rocas van dibujando formas imposibles en su descenso hacia el río.

El camino, además de una aventura y un placer para los sentidos para alguien que disfruta tanto conduciendo como yo, es muy cómodo porque tiene lugares para parar con el coche y poder respirar el aire puro mientras haces fotos tranquilamente. Nuestro objetivo, la Laguna de Taravilla para dejar allí el coche e iniciar una ruta a pie. Alcanzamos la Laguna para maravillarnos con esta masa de agua alimentada de forma constante por aguas subterráneas y rodeada por un humedal.

Desde la Laguna, iniciamos la ruta que nos va a adentrar en el valle rodeados de naturaleza entre bosques de pinos donde podrías perderte, bordeando los afluentes del Tajo, descubriendo pequeñas playas de arena que permiten darse un baño cuando las temperaturas acompañan, cruzando puentes colgantes y disfrutando del silencio y la paz que nos transmite este lugar.

El objetivo de la ruta a pie es el Salto de la Poveda, una antigua presa construida con la intención de utilizar la fuerza del agua para crear aquí una central hidroeléctrica que abasteciera a los municipios de alrededor. Unos problemas de filtraciones hicieron que la presa quedara en desuso y, a día de hoy, prácticamente en ruinas, el agua se abre paso dejando un espectáculo a la vista. El agua que cae del Salto, va a parar al Embalse de la Chorrera.

En este punto del río, es donde los gancheros hacían su primera parada en su procesión hasta Aranjuez. Los gancheros eran personas dedicadas a transportar troncos de madera a lo largo del río Tajo, oficio hoy extinguido desde que llegara el transporte por carretera, bien entrado el siglo XX.

De vuelta al coche terminamos la ruta que nos llevará hasta Poveda de la Sierra para hacer allí un pequeño receso y aprovechar a tomar una riquísima parrillada de carne con unos deliciosos postres caseros en Casa Parri.

De allí, nos vamos al Nacimiento del Río Cuervo, un monumento natural en forma de manantial donde las aguas subterráneas que vienen desde la zona más elevada de Mula del Cuervo, emergen a la superficie. Un lugar bonito aunque nos pareció algo menos impresionante debido a los increíbles paisajes que habíamos visto durante toda la mañana además de que está muy preparado de cara a las visitas turísticas y eso nos desencantó un poco. Aun así, merece la pena ver la cascada y pasear un rato cómodamente por este parque.

Toca un poquito de descanso para arrancar un día especial para mí, ese en el que me hago un año más sabia, recorriendo una ruta en coche que nos llevará desde Zaorejas hasta Contuende. La carretera es una delicia, especialmente si os gustan las curvas tanto como a mí, pero el día amaneció algo lluvioso y esta carretera no cuenta con tantos lugares para parar como la que recorrimos el día anterior, así que no tengo imágenes. Tendréis que recorrerla y, como nosotros, guardar en vuestras retinas todos sus paisajes. Merece especial mención en esta ruta el Mirador de Zaorejas, desde el cual se puede divisar gran parte del recorrido del Tajo por el Valle. Desde lo alto de las rocas, viendo planear a los halcones y cómo el Tajo dibuja sus curvas perfectas a través del Valle, es uno de los lugares donde quiero volver con mi mente cada vez que necesite algo de paz. No hay mejor regalo de cumpleaños que estas vistas.

Abandonamos nuestra ruta en coche para visitar Molina de Aragón, una ciudad que se presenta desde que tomas la carretera para acceder a ella y ves el perfil de su muralla, su castillo y su torre del homenaje, llamada Torre de Aragón, haciendo notar su protagonismo. Molina fue llamada Molina de los Caballeros hasta que, tras una insurrección de la plebe molinesa durante la guerra entre Castilla y Aragón, decidieron ponerse bajo la soberanía de Aragón y a partir de entonces pasó a ser llamada Molina de Aragón.

La última parada de este fin de semana, es el Castillo de Zafra haciendo honor a mi lado más friki pues este castillo fue uno de los escenarios elegidos para rodar algunas escenas de Juego de Tronos, en concreto, para los frikis como yo, aquellas en las que se revivía un secreto que ponía en duda la honorabilidad de Ned Stark. Dejando la ficción a parte, el castillo se ubica en una zona orográfica escarpada salpicada de conglomerados rocosos de hace más de 200 millones de años. Sobre uno de estos conglomerados, se erige el castillo que, desde todos los puntos de Hombrados y Campillo de Dueñas, los pueblos que están más cerca del castillo, resulta una visión impresionante.

Es el mejor colofón a esta pequeña excursión y otro regalo fabuloso para la cumpleañera. Como un regalo ha sido la compañía de mi Moana, siempre llenando todo de energía mientras campa a sus anchas, remojón en el Tajo incluido, y un colaborador muy especial que me ha ayudado con muchas de las imágenes que os he enseñado. Soy consciente que, después de todo esto, no puedo pedir más pero aun así lo voy a pedir. Mi deseo de cumpleaños es que muy pronto todas las limitaciones queden atrás y pueda seguir coleccionando momentos, paisajes y sensaciones como las de estos días. Un último vistazo al Valle del Alto Tajo, esta vez con la luz del atardecer que sabéis que tanto me gusta, y hasta la próxima, que espero sea muy muy pronto!

Cantabria infinita

Dicen que Cantabria fue uno de los pueblos más belicosos del norte peninsular y, en este 2020 tan complicado, que nos está arrebatando tantas cosas, yo necesitaba contagiarme de ese espíritu combatiente para seguir plantándole cara a esta nueva realidad. No sé si habré conseguido mi objetivo pero ya os anticipo que esta nueva aventura me ha hecho sentir más sola que en otras ocasiones, el miedo se ha colado dentro de nosotros y la distancia social ha puesto un muro entre cada persona que encuentras a tu paso, pero también me ha llevado a enamorarme sin remedio de una tierra plagada de paisajes de ensueño, de historias que contar y de tesoros escondidos. ¡Vamos allá!

Mi aventura arranca en San Vicente de la Barquera, una villa marinera que, a día de hoy, vive fundamentalmente del turismo gracias a sus maravillosas playas. De gran riqueza natural, se ubica en el estuario de la ría de San Vicente, donde los ríos Escudo y Gandarilla desembocan al mar Cantábrico, dejando un paisaje increíble de marismas que se pueden observar desde la zona alta de la villa, en el mirador de Santa María de los Ángeles. La pasión que siento siempre por los lugares altos desde los que divisar vistas increíbles, me lleva a subir sin dudarlo a contemplar esta maravillosa vista.

Cruzo el Puente de la Maza, un puente de arcos de medio punto, para poder contemplar la postal típica de San Vicente, con un sinfín de barquitas de colores apostadas en el embarcadero dispuestas para salir de pesca.

Lo hago desde la Playa de la Maza, una auténtica maravilla de playa para perros donde, acompañada de mi Moana, pasamos una tarde muy agradable con unas vistas inolvidables, pues a medida que va avanzando la tarde, la luz va cambiando los colores de San Vicente y la marea baja dejando un paisaje totalmente distinto al que habíamos visto por la mañana.

Sigue la aventura en Comillas, una villa señorial muy importante pues allí se fundó la Universidad de Comillas, de la que salieron importantes figuras eclesiásticas, razón por la cual se conoce a Comillas como la “villa de los arzobispos”.

Además de sus innumerables edificios barrocos, destaca la huella modernista que escasea fuera de Cataluña. De hecho, uno de los principales atractivos de Comillas es el Capricho de Gaudí, hoy convertido en museo.

El parque que rodea El Capricho es una auténtica maravilla, más aún si viajas con perro, y permite ver desde sus miradores los edificios de la villa.

Por si todo esto fuera poco, la playa de Comillas es también mágica. Tuvimos ocasión de pasear por ella e incluso poder comer en una terraza oyendo al Cantábrico rugir entre las rocas, que ejercen de espigón natural.

Seguimos camino hacia la villa de las tres mentiras, esto es, Santillana del Mar (llamada así porque ni es santa, ni es llana ni tampoco tiene mar). Un municipio medieval que derrocha encanto en cada calle y cada esquina.

En Santillana del Mar se encuentran las famosísimas Cuevas de Altamira que no pudimos visitar puesto que, con el ánimo de salvaguardarlas del deterioro, sólo pueden entrar a la semana 5 personas seleccionadas de una lista de espera interminable. Dada esta circunstancia, han creado en Santillana un museo con una réplica de las cuevas para, al menos, hacerte una idea de cómo son las auténticas.
Y si! Como podríais suponer, la editorial Santillana debe su nombre a este increíble lugar. No me resultó extraño que Polanco se enamorara de este pueblo con solo dar un paseo por sus callejuelas empedradas y contemplar sus maravillosos balcones. Destaca un balcón en la Plaza Mayor que pertenece a un lugareño que ocupa gran parte de su tiempo en mantener su balcón así de bonito y floreado.

Además de todo esto, no podíamos dejar de visitar Casa Quevedo, un obrador con solera que ofrece raciones de leche con bizcocho (además de los típicos sobaos y la quesada), de nuevo en la simplicidad está la excelencia porque es increíble como algo tan sencillo puede estar tan exquisito. No tengo foto, pero guardo a buen recaudo el sabor y la textura de la leche con bizcocho.

No podíamos irnos de la Cantabria más occidental sin asomarnos al cabo de Suances para ver el mar Cantábrico desde sus acantilados con la luz del atardecer.


Tras un merecido descanso, visitamos el parque de la naturaleza de Cabárceno. Un lugar a caballo entre un zoológico y un parque natural, con 750 hectáreas de terreno, construido sobre el paisaje kárstico de una antigua explotación minera en el que, además, hay un montón de animales salvajes que puedes ver de cerca. Y lo mejor de todo, pude hacerlo con Moana y ver su carita de curiosidad ante esos animales tan raros para ella.

El parque se recorre en coche, haciendo las paradas que consideres oportunas para ver a los animales y, entre parada y parada, puedes observar la belleza del paraje en el que está ubicado. En el parque también hay telecabina que me permitió verlo también desde las alturas e incluso divisar la bahía de Santander.De vuelta del parque, decidí hacer una parada en Liérganes y resultó todo un acierto. Es un pueblo encantador atravesado por el río Miera, que se convierte en protagonista absoluto de la villa.Solo por contemplar su Puente Mayor merece la pena la visita pero además aprovechamos para darnos un chapuzón en el Miera y aprender sobre la leyenda del “hombre pez”. Se trata de la historia de Francisco de la Vega, que un día desapareció en el mar y se le encontró unos años después, con forma de pez y escamas pero apariencia humana, según cuenta la leyenda, y sólo acertó a tartamudear “Liérganes” por lo que le devolvieron a su pueblo natal donde pasó el resto de su vida hasta que un día volvió al mar y desapareció para siempre. Una escultura al pie del Puente Mayor recuerda la historia.


Al día siguiente, nos acercamos hasta Liencres, que nos ofrece una ruta a pie para recorrer los abruptos acantilados de su litoral. Nos acompañan toda la ruta unas vistas impresionantes de la Isla del Castro y los Urros de Liencres, muestras de cómo la naturaleza puede ser alucinante creando esos paisajes sólo con la erosión de las olas sobre la roca. He echado tanto de menos el mar durante el confinamiento, que no quiero resistir la tentación de sentarme a observarlo, colgada del acantilado, tanto tiempo como me apetezca.


Han habido más pueblos, más rutas y más momentos pero he querido concentrar los más relevantes de esta pequeña aventura por Cantabria. Ojalá muy pronto podamos volver a viajar todo lo lejos o lo cerca que queramos cuando hayamos vencido la batalla y tengamos la corona lista para que vuelva a brillar, si cabe, con más fuerza.

Que esta corona si se caiga…

No todas las coronas son iguales… En estos días estamos viviendo en España y en el mundo una realidad casi apocalíptica con noticias cada vez peores, encerrados en nuestras casas, separados de los nuestros y con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas preguntándonos si en algún momento nos tocará vivirlo de cerca. Esta vez, esta corona, lejos de darnos alas, nos las ha arrebatado de forma violenta y sin contemplaciones. El paseo que hasta hace un par de semanas no valorábamos, ahora nos resulta bucólico; ese beso que dábamos para saludar a alguien querido, a veces desganado, hoy es un sueño inalcanzable; y así con miles de pequeñas cosas que nos hacían ricos sin que lo supiéramos, hasta que la vida nos ha obligado a parar para recordarnos cruelmente lo que es verdaderamente importante.

En cambio, esta corona sí tiene algo en común con la mía y es que, si escuchamos lo que nos tiene que decir, podemos aprender mucho de ella y dar un giro de volante a este bólido que iba a 300 por hora sin frenos por una carretera que llevaba a ninguna parte, teniendo como pasajeros a nuestra sociedad y a nuestra parte más humana.

Como sociedad, podemos aprender a valorar este planeta que tanto nos da y tan poco cuidamos y que, en unos pocos días sin la masificación y la contaminación a la que lo sometemos a diario, ha empezado a dar síntomas de florecer. También debemos, que no podemos, aprender a proteger entre todos la Sanidad pública, no es suficiente el espíritu de los aplausos en los balcones cada tarde a las 20 horas si va a caer en el olvido cuando todo esto termine; tenemos que seguir saliendo al balcón para cuidarla porque es la garantía de nuestro bienestar. Hemos aprendido que el teletrabajo funciona y que estar cautivos obligatoriamente, ya sea en una oficina o en nuestros hogares, nunca será un método eficaz para que las cosas funcionen bien. Y por supuesto, tenemos que aprender a devolver a las personas el papel que les corresponde, en el centro de esta sociedad, pues habíamos olvidado que son las protagonistas absolutas de nuestro mundo y que, cuando las personas están en peligro, todo lo demás no importa.

Con respecto a nuestro lado humano, hay un sinfín de aprendizajes bonitos que podemos extraer de esta circunstancia. Hemos desarrollado, casi de forma instintiva, un sentimiento de comunidad que nos hace estar unidos, a pesar de no poder estar cerca ni tocarnos, y debemos guardar a buen recaudo ese sentimiento, aplicarlo en nuestro día a día y fomentarlo para no caer continuamente en ese egoísmo que ha sido, entre otras cosas, el que nos ha traído aquí pues, mientras otros países ya estaban luchando contra esto, mirábamos hacia otro lado. Creo que tenemos que hacer una retrospectiva interna de aquellas cosas que realmente más echamos de menos y ponerlas en el lugar que les corresponde, me atrevo a vaticinar que en la mayor parte de los casos no serán grandes aspiraciones sino cosas pequeñas que normalmente siempre estaban ahí y por ello no hemos sabido darle el valor que tenían. También podemos ir un poco más allá y ver la fuerza que hay dentro de cada uno de nosotros, que nos ha llevado a adaptarnos a esta circunstancia de la mejor forma que hemos podido y, a pesar de que un día sea igual al anterior e igual al siguiente, hemos sacado la energía para emplear nuestro tiempo de la mejor manera posible, dentro de todas las limitaciones, y seguir saliendo al balcón a aplaudir y gritarle a esa corona que no va a poder con nosotros. Y en mi podio, la última cosa que podemos aprender es a ensalzar la libertad y ese sabor tan dulce que tiene el poder caminar sin miedo, algo de lo que este país ha aprendido mucho a lo largo de su historia pero que, de nuevo, habíamos guardado en un cajón y nos habíamos olvidado que, sin eso, no somos más que unos fantasmas que vagan atados a su bola de presidiario.

Esta corona nos ha salido un poco rebelde y está costando vencerla pero la victoria llegará y, cuanto más dura sea la batalla, más saborearemos el éxito, aunque por el camino estemos perdiendo muchos soldados, a los que ni siquiera estamos pudiendo despedir con los honores que merecían. Pero vamos a ganar y en nuestra mano está que su memoria nos sirva para sentar las bases de una sociedad mejor, construida por humanos mejores de lo que éramos antes de esta hecatombe.

Y si tengo que hablar de mí, mis grandes aspiraciones son poder volver a abrazar a mis padres, sabiéndolos por fin a salvo de esa inmunda corona, algo que se extiende a toda la gente que quiero y a los que siento como una piña estos días, y por supuesto un paseo infinito con mi Moana bajo el sol primaveral, esta vez sin más limitación que lo que aguanten nuestras piernas. Mi pequeña familia de cuatro patas están siendo mi aliento estos días, esa sonrisa asegurada, incluso cuando la corona se cae y solo pueden sentarse a mi lado para demostrarme que ellos están ahí conmigo. 

¿La otra corona? Se acabará cayendo. Mientras tanto, mantengámonos ocupados y dediquémonos tiempo, ese que luego siempre falta para hacer las cosas que nos gustan. Dediquémonos a estar muy cerca estando lejos y hagamos crecer ese sentimiento de preocupación sincera por los demás y, cuando hayamos reducido esa corona a cenizas, que lo haremos, podremos volver a ponernos la nuestra y, con la cabeza bien alta, ir corriendo a abrazar a los nuestros sintiéndonos mejores de lo que éramos antes. Ánimo, fuerza, energía y nos vemos muy pronto ahí fuera. Hasta entonces, #yomequedoencasa. 

Bolonia – la grande scoperta

Dicen que uno siempre vuelve a los lugares donde fue feliz. Y esto es lo que me pasa a mí con mi Italia, que en cada visita es una gran sorpresa y siempre consigue que me lleve un dulce sabor de boca. Así que aquí estoy de nuevo embarcada en una aventura por ella para dejarme sorprender por todo lo que tenga que enseñarme.

Y esta vez la primera parada es en Bolonia, capital de la región Emiliana-Romaña. Ha resultado una gran sorpresa, no sólo por esas callejuelas de soportales infinitos que no me cansaría nunca de atravesar sino también por el espíritu animado y abierto que reina en la ciudad.

Nos recibe un día nublado en la bella Bolonia pero eso no nos frena para empezar la gimkana en busca de los 7 secretos de esta ciudad. Vaaaale, confieso! Solo hemos alcanzado a descubrir 4 de ellos pero ha sido porque los que faltaban no nos han motivado como para buscarlos y nos hemos quedado con los más interesantes. Os cuento uno por uno:

– En primer lugar hemos ido en busca de la Finestrella. Bolonia cuenta con varios canales de agua subterránea por los que se transportaban mercancías, que fueron soterrados debido a las reformas urbanísticas de la ciudad. Solo sobrevivió el Canale delle Molline y se puede contemplar a través de una abertura en el muro.
– Buscamos la fuente de Neptuno y descubrimos algunas de las vistas más bonitas de esta ciudad. Pero centrémonos en lo que nos ocupa: Neptuno y sus atributos. En su primera versión la estatua poseía unos atributos excesivos a ojos de la Iglesia. Giambologna, su escultor, fue obligado a extirpar parte de la virilidad pero lo hizo con picardía para ocultarlos en una baldosa de la plaza, desde la cual se contempla una vista algo distinta de dichos atributos.
– Muy cerca encontramos el arco de los susurros, bajo los arcos del Palazzo Podestá. En ellos se encuentra la estatua de San Petronio, patrón de la ciudad, debajo de la cual el techo abovedado hace que tu voz se oiga perfectamente al otro lado del pórtico. De esta forma, los curas de la época podían confesar a los leprosos sin temor a contagiarse.

– Y por último, nos dirigimos a Vía Independenza, una de las arterias del centro histórico, para encontrar un fresco en la Casa Stagni donde una inscripción nos recuerda que antaño el cannabis no sólo fue una sustancia permitida en Bolonia sino una fuente de gran riqueza para la agricultura local.
Basta de secretos porque ahora nos dirigimos a una atracción que jamás podría pasar desapercibida puesto que las dos torres, o lo que es lo mismo, Garisenda y Asinelli, reclaman protagonismo desde prácticamente todos los puntos de la ciudad. No es para menos teniendo en cuenta que Asinelli es la torre medieval más alta del mundo con sus más de 97 metros. Es un espectáculo contemplarlas, incluso aunque la inclinación de Garisenda nos haga temblar por nuestra integridad.
Ahora de vamos a Piazza Maggiore, donde se encuentra la estatua de Neptuno que os contaba antes.
Esta plaza es uno de los principales atractivos de Bolonia. Tan amplia, tan bonita, con tanta vida, de colores cálidos y plagada de palacios. Me ha conseguido enamorar, junto con todo el centro histórico de Bolonia, tanto de día como de noche.


Y rematamos el día intenso de hoy acercándonos al barrio de Pratello. Un barrio mágico al que acercarse cuando cae el sol para picar algo y beber una cerveza artesanal en alguno de los montones de bares que hay en él. Nosotras hemos cenado en Zapap, un local que es imposible que sea más auténtico y una pizza que quitaba el sentido.
Para terminar, por no extenderme mucho más, quiero dedicarle un pequeño homenaje a una estrella. Este pequeño rincón de Bolonia, con las letras de la canción de Cesare Cremonini, tan mágico como todos los momentos que me ha dado con su maestria. Va por ti, Black Mamba.

Finde de acantilados en Asturias

Esta vez la aventura es un poquito más corta y también un poquito más cerca, pero no por ello menos interesante. Esta pequeña escapada ha conseguido desconectar mi mente de nuevo para volver a engancharme a la naturaleza y, por supuesto, a mi mar. Y es que Asturias es una apuesta segura porque reúne lo necesario para cualquier escapada que se precie: paisajes bonitos, buena comida y mucha cultura.

Esta vez nos hemos decantado por hacer un recorrido por la abrupta costa occidental asturiana y recorrer los acantilados del concejo de Cudillero y alrededores.

Empezamos la ruta por la playa de San Pedro de la Ribera, una belleza escondida bajo el viaducto, que conecta por carretera esta zona, de agua azul celeste. A veces, las casualidades son así y te llevan a encontrar cosas que merecen la pena, esta playa la hemos encontrado mientras buscábamos playa Oleiros, anécdotas de Google Maps y Asturias, que se han convertido en todo un clásico en cualquier viaje a tierra astur.

Seguimos camino dando por perdido encontrar playa Oleiros para llegar a la atracción principal de este área: el pueblo de Cudillero. No lo recordaba tan bonito como me ha parecido hoy así que me ha encantado poder volver a verlo y quedarme con el recuerdo que se merece. Es un pueblo que respira autenticidad a cada paso pero su principal atractivo está en el que llaman el anfiteatro.

Cudillero es un lugar con un encanto arrollador, con sus casitas de colores cayendo sobre el mar, no en vano fue declarado patrimonio cultural. Un paseo por el puerto y su espigón para contemplar la vista del pueblo mientras sentimos cómo el mar Cantábrico choca contra las rocas.

Intentamos dar con la ruta a pie que llega hasta El Pito y La Atalaya pero fue imposible, entre otras cosas porque el tiempo apremiaba para llegar a comer. En la búsqueda subimos unos cuantos escalones y dimos de casualidad con el Mirador del Pico, que ofrece una vista desde lo alto del pueblo hacia el puerto.

Después de un buen cachopo con patatas al cabrales para reponer fuerzas podemos dar por terminada la visita a Cudillero. No puedo dejar de enseñaros el cachopo porque es diferente a los que había probado hasta ahora, exquisito igualmente pero algo menos pesado puesto que no iba empanado. Por dentro, cecina y queso, para babear solo de verlo.

Y seguimos camino por la costa hasta Cabo Vidio para deleitarnos allí con la vista de los acantilados y el Cantábrico rompiendo contra ellos.

No puedo añadir gran cosa que complete estas vistas, salvo que nos encantó de tal manera que no pudimos resistirnos a bajar hasta la Playa Peñadoira, justo a los pies del acantilado, para disfrutar un rato más de este lugar increíble y también darnos el último baño de la temporada. Sin duda, un momento mágico de esos que tanto me gusta coleccionar el bañarme a solas con esta paradisíaca playa en el mes de octubre. La subida de vuelta no fue tan mágica pero sin duda mereció la pena.

Nuestra última visita de hoy iba a ser la Playa del Silencio, llamada así porque suele estar muy poco concurrida aunque nosotros sí la compartimos con más gente. La playa es una auténtica maravilla, si bien es cierto que teníamos el listón muy alto después de lo vivido en Cabo Vidio.

En cambio, improvisamos una última parada en la Playa Concha de Artedo, que resultó todo un acierto puesto que tiene un paseo muy agradable siguiendo la playa de cantos rodados, que a su vez está protegida por acantilados.

Y desde ella pudimos contemplar el increíble viaducto del que os hablaba al principio, una obra de ingeniería cuya construcción es relativamente reciente pero el proyecto que lo abarca ha durado más de 25 años.

El día siguente amanece algo más nublado pero eso no nos amedranta porque aún tenemos algunas paradas prometedoras que hacer. Empezamos por la Ermita de la Regalina, un lugar que no conocía y que ha resultado un gran descubrimiento. Ubicado en el pueblo de Cadavedo, en el concejo de Valdés, el mirador se erige como tal en 1931 cuando el padre Galo, natural del pueblo, construye una ermita allí en honor a la Virgen de Riégala convencido de que la belleza del lugar atraerá a devotos.

En algo no se equivocaba y es en la belleza de este lugar, que cae sobre la playa de Cadavedo y las impresionantes vistas del paisaje protegido de la costa occidental. También nos permite volver a ver en la distancia Cabo Vidio. Por si esto fuera poco, 2 hórreos típicos asturianos ponen el broche a las vistas de este increíble lugar. No hay palabras porque las imágenes hablan por si solas pero sí os puedo decir que he vuelto a dejarme un trocito del corazón, esta vez en Asturias, más en concreto, en el mirador de la Regalina.

Dejamos la Regalina para seguir por la costa occidental hasta llegar a Cabo Busto, otro impresionante faro ubicado en el pueblito de Busto que da nombre a este saliente de tierra que nos permite contemplar estas imponentes vistas que nos dejan nuevamente sin aliento. A modo de curiosidad, en Busto se encuentra la pastelería más típica de Asturias, donde es obligado hacer una parada, pero en esto no tuvimos mucha suerte ya que se encontraba cerrado por vacaciones 😦

Nuestra última parada será en la capital del concejo de Valdés, esto es, Luarca. Otro pueblecito costero que cae sobre el mar en cascada con un puerto que es una delicia donde pudimos dar un paseo para alimentar los sentidos con los olores que llegan desde la multitud de barecitos y terrazas que hay en él, las vistas del puerto desde cada rincón, pintadas sobre el azul del cielo y el Cantábrico. Un día espectacular, una buena comida de productos del mar y estas vistas es lo máximo que podía pedir para poner el colofón.

Ha sido un finde muy especial por muchos motivos, entre ellos que me ha caído un año más 🙂 También porque Asturias siempre será un lugar especial para mí que me hace conectar conmigo y con toda la belleza que me rodea. Y, por supuesto, porque he ido acompañada de mi Moana y la he visto disfrutar sin separarse de mí ni un solo momento.

Con gusto, Costa Rica

Por ser nuestro último día en Costa Rica, el tiempo se ha portado y ha amanecido un bonito y despejado día para ir a nuestra última excursión.Hemos visitado el volcán Irazú en la provincia de Alajuela y como a una hora de San José, donde terminará nuestra aventura. El volcán Irazú es el más alto del país alcanzando los 3.200 metros de altura sobre el nivel del mar.Por ello la subida al volcán es una auténtica aventura que nos ha llevado a estar por encima de las nubes y no he podido evitar pararme en mitad de la carretera para enseñároslo.El volcán Irazú, cuyo nombre significa “lugar de helechos” ya que en sus laderas es fácil encontrar esta planta, cuenta con 5 cráteres, de los cuales sólo se visitan 2: el cráter principal y el cráter Diego de la Haya, en honor a su descubridor.

El cráter principal es el segundo más grande después del Poas, con poco más de un kilómetro de diámetro y contiene una laguna cratérica azul celeste en su interior que resulta un verdadero espectáculo. Además, es frecuente ver fumarolas puesto que el volcán continúa activo a día de hoy. No solo eso, además es el volcán que supone un riesgo más alto para Costa Rica ya que está ubicado en pleno Valle Central, donde se desarrolla gran parte de la actividad socio económica del país, pudiendo alcanzar incluso al aeropuerto internacional Juan Santamaría.El cráter Diego de la Haya está próximo al cráter principal, inactivo hoy en día, está tapado por los depósitos de ceniza acumulados de antiguas erupciones.El resto del parque nacional, es una explanada de restos volcánicos (técnicamente se llama terraza) por la que se puede caminar si los pulmones os permiten respirar el aire puro de esa altura. Merece la pena porque es lugar único y además hemos tenido la suerte de estar prácticamente a solas con el volcán, lo que ha convertido el último paseo en algo mágico.

Y con esta último paseo abandonamos Costa Rica y damos por terminada nuestra aventura en un país que nos ha deleitado y sacado de quicio a partes iguales. Esta vez no he hecho mucha mención a la comida y es que no va a ser una de las cosas por las que más recuerde Costa Rica. El plato típico es el gallopinto, una mezcla de arroz con frijoles que de tan típica la toman para desayunar, comer y cenar, variando los ingredientes que lo acompañan desde huevos y tortitas para desayunar hasta pollo, cerdo o ternera para las comidas importantes del día. Al tercer día, ya empezaba a tener cierta tirria al gallopinto, pero por suerte Costa Rica es un país abierto al mundo y en él se puede encontrar todo tipo de comida internacional.Si echaré de menos la fruta tropical a todas horas, especialmente los mamones que ya conocéis, o tener sed y poder tomarte un coco recién cortado en cualquier puesto callejero improvisado. La papaya, la piña y la sandía, más conocidos para mí, en Costa Rica tienen un sabor dulce intenso que te apetece a todas horas.También puedo dejar sin ninguna pena las carreteras que hemos atravesado en los últimos días, ya os he hablado de ellas así que no me detendré más salvo para una recomendación: si viajáis a este país, 4×4! Siempre! Esas mismas carreteras atraviesan un montón de pueblecitos en los que siempre nos encontramos mínimo 2 o 3 colegios porque Costa Rica es un país, en esto envidiable, que no tiene fuerzas armadas y gran parte del gasto del país se invierte en escolarizar a la sociedad.

Aunque ha habido momentos que me han provocado urticaria, ya empiezo a recordar con cierto cariño las expresiones típicas de aquí como su “pura vida”, o su expresión de “con gusto” porque para ellos siempre es un placer atenderte, aunque sea con ese ritmo pura vida y estés a punto de perder un ferry. Os dejo algunas imágenes curiosas y que creo que definen bastante el estilo de vida costarricense, por si aún no he sido capaz de transmitíroslo.Sin duda una vez lo repose tendré más claras algunas de las sensaciones que he experimentado en este viaje pero sí tengo claro que echaré de menos levantar la vista y ver verde por todas partes, algunos de esos paisajes se han quedado para siempre dentro de mí. Y también algunas de las experiencias, inéditas para mí, y la gente maravillosa que hemos conocido en esta aventura.

De este viaje he aprendido a valorar los recursos naturales y a ser más respetuosa con nuestro entorno, Costa Rica es el ejemplo de que se puede respetar lo que nos rodea y ser un país tremendamente bello y feliz. Ahora toca volver a casa con mis amores pero no sin antes hacer mención y darle las gracias a ella, mi compañera de este viaje loco, la copiloto ideal que con su inocencia me ha hecho reír muchísimo buscando miradores de volcanes, con sus problemas con las alturas y esa medio sordera que nos ha llevado a reinventar los cacahuetes en macahuetes, entre otras miles de anécdotas. Gracias a ella los viajes terribles en coche durante horas, e incluso las esperas, también de aeropuerto, han sido hasta divertidos. Ha sido un placer, besti!

Y a todos los demás, pura vida muchachos! 😉

El Pacífico en Costa Rica

Y la primera vista del mar en este viaje tiene lugar desde Puntarenas, donde cogeremos el ferry en el que, coche incluido, atravesaremos el Golfo de Nicoya para llegar a Paquera e iniciar allí nuestra ruta por las playas costarricenses. Mejor no os cuento nada del camino, increíbles vistas pero caminos de infarto que nos llevan incluso a atravesar el mar con nuestro coche, toda una aventura.Nuestra primera parada es Santa Teresa, un pueblecito costero con un encanto increíble y mucha vida, una mezcla entre lo caótico y el buen rollo que se respira.Nos adentramos en la naturaleza de nuevo para encontrar el mar y, pocos metros después, llegamos a una increíble playa de arena fina rodeada de verde y prácticamente para nosotras, es como un pequeño paraíso. A pesar del fuerte oleaje, no nos resistimos a darnos un baño de lo más divertido y refrescante.Continuamos camino a la cercana Playa del Carmen, pueblo del mismo estilo pero con menos magia en nuestra opinión que el de Santa Teresa. La playa es otra maravilla aunque quizá es menos salvaje y por ello no nos impresiona tanto, pero nos regala un atardecer impresionante de esos que tanto me gusta coleccionar.Tras ver el atardecer, ponemos rumbo a Playa Tambor, que será nuestra casa en los próximos dos días. Un lugar encantador el pueblito de Tambor, situado frente al Monte Cocodrilo, a ver si podéis adivinar por qué se llama así.Playa Tambor es otra espectacular playa, en este caso de arena y pequeñas piedras, que durante estos días también nos ha regalado algunos atardeceres inolvidables, eso sí, con un cóctel en la mano.Habíamos hecho los deberes así que traíamos reservada una excursión con la empresa Cabo Blanco Travelers a Isla Tortuga que arrancaba desde el pueblo de Montezuma. La excursión fue un gran acierto ya que nos permitió navegar en un bote por Bahía Ballena (con la esperanza de avistar ballenas, cosa que no ocurrió) y poder contemplar así el Arco-iris de cerca, otra de las maravillas que crea la naturaleza.Tras un rato muy agradable de navegación, nos zambullimos en el agua para hacer snorkel y contemplar los peces de colores revoloteando a nuestro alrededor. Además, bajando un poco más pudimos ver también un tiburón de arrecife e incluso tuve en mis manos durante un buen rato una estrella de mar que me cogió cariño y pegó sus ventosas a mi mano, sin querer separarse de mí. Llegamos a Isla Tortuga agotados y hambrientos, por suerte Josua y Víctor, nuestros guías, nos prepararon una deliciosa comida local para reponer fuerzas.El tiempo en Isla Tortuga fue fantástico, no era para menos teniendo en cuenta que estábamos en mitad del Pacífico en una isla de vegetación y arena blanca en un día espectacular. Por suerte, además, dimos con unos compis de día muy geniales con los que hicimos piña y nos echamos unas buenas risas.Nuestro destino tras la excursión, Montezuma, era solo un lugar de paso para nosotras pero una vez más el viaje decidió que no fuera así puesto que teníamos un lugar mágico por descubrir y, por si eso fuera poco, ahora además teníamos allí amigos.El pueblo de Montezuma está plagado de locales auténticos como éste.La playa de Montezuma es también espectacular y en ella desovan las tortugas cada tarde.Y por último descubrimos gracias a nuestros amigos un tesoro escondido: la catarata de Montezuma. Un camino imposible para llegar a ella que me ha hecho temer varias veces por mi integridad y sudar la gota gorda pero, una vez he llegado a la catarata y me he podido bañar en ella, incluso colocándome justo debajo de ella gracias a que el camino dificulta la llegada masiva de turistas, ha merecido la pena de lejos.Iniciamos rumbo exprés por un pequeño error de cálculo en el tiempo para llegar y conseguimos alcanzar a tiempo, por los pelos pero a tiempo, el ferry que nos llevará de vuelta a Puntarenas.Y mi última vista del Pacífico es un atardecer precioso desde el ferry. Muy pronto volveremos a vernos, estoy convencida.Último día de viaje, ahora no podéis dejarnos solas. No adelanto nada porque dependemos del tiempo terriblemente cambiante de Costa Rica pero os prometo que intentaremos poner un broche de oro a este viaje tan especial.

Monteverde y el Bosque Nuboso

Nos desanimamos un poco nada más amanecer este día porque la lluvia, la niebla y las nubes seguían sobre La Fortuna. Aún así, dimos un paseo para dar un rato a ver si despejaba y podíamos visitar el volcán Arenal pero finalmente no fue así y mi despedida de él es esta foto que es lo máximo que llegó a verse en las últimas horas. Será mi espinita de este viaje.

Cogemos camino hacia Monteverde rodeando el volcán y el lago Arenal que habíamos visitado el día anterior, con esas carreteras que sabéis que me encantan llenas de curvas, rodeadas de naturaleza y que ofrecen vistas increíbles en cada recodo. En cambio, la lluvia nos acompaña y eso resulta algo más incómodo. Se transforma en imposible cuando, a mitad de camino, abandonamos la carretera por la que veníamos para coger otra sin asfaltar y encima en subida. Vamos a Monteverde y su nombre obedece a que en este país no se complican demasiado con los nombres, de hecho todas las calles y carreteras no tienen nombres sino que le asignan un número cardinal. Pues bien, Monteverde se llama así porque es una zona en la que confluyen varios montes y que es muy verde, por lo que la última hora y media de camino la empleamos en recorrer unos 30 kilómetros muy despacio, saltando por los baches, con el limpiaparabrisas funcionando a todo trapo, encontrando animales por la carretera e incluso algún rato de neblina que dificultaba la visión. Y todo verde alrededor.

Contra todo pronostico, llegamos a salvo al Parque Natural Selvatura ubicado en medio del bosque nuboso, un ecosistema que se caracteriza por la humedad introducida por las nubes y que se mantiene debido a que está rodeado de montañas, está plagado de densa vegetación que alcanza una elevada altura puesto que la vegetación compite entre sí para ir buscando la luz. No me enrollo más, tenéis que verlo.

Y no, finalmente no nos atrevimos a hacer la tirolina porque el trayecto nos había pasado factura y estábamos agotadas, sumado a que, con el temporal que nos acompañaba, no era lo más recomendable. Pero nadie nos puede negar que lo disfrutamos de igual manera haciendo una ruta de 3 kilómetros en la que pasamos por 8 puentes colgantes que nos permitían observar la magnificencia de este lugar.

Después de la caminata, estábamos agotadas y nuestro plan era volver a Monteverde para encontrar nuestro alojamiento y descansar. Pero los viajes son así, un continuo cambio de planes según donde te va llevando la aventura y, esta vez, nos llevó a cruzarnos con un encantador lugareño que nos propuso una caminata nocturna por el bosque nuboso para observar animales. En Costa Rica en agosto anochece a las 6 de la tarde pero nuestro night walk no empezaba hasta las 8 así que tuvimos tiempo de descansar un rato y equiparnos con sudaderas para acudir a la cita. Con más miedo que vergüenza, nos plantamos en Kinkajou Tours, una agencia especializada en caminatas nocturnas de Monteverde, y, linterna en mano, empezamos a andar. La sensación de caminar de noche por este lugar buscando animales, muchos de ellos venenosos o depredadores, es una inyección de adrenalina. No puedo enseñaros mucho porque no vengo tan preparada, tecnológicamente hablando, para hacer fotos nocturnas en condiciones pero si os puedo contar que, en las 2 horas que anduvimos por la selva, vimos armadillos, ranas de vidrio, una lora de pestañas (un tipo de víbora) y algunos más que ni había oído ni recuerdo su nombre porque, os lo reconozco, iba más pendiente de no caerme ni recibir alguna picadura indeseable. Me hacía especial ilusión ver un tucán, típico en Costa Rica y uno de los animales que más me gustan, y la noche estrellada que dejó paso la lluvia me regaló la vista de uno de pico verde y tuve que contenerme para no gritar de la emoción. No hay foto pero os puedo asegurar que es uno de los animales más hermosos que he visto. Y por último, mención especial para la tarántula que se asomó a saludarnos desde su escondite bajo una rama e incluso pude hacerle una foto para enseñaros.

Ahora si, podemos dar por terminada nuestra jornada y también la aventura por la naturaleza. Y mañana, no podía faltar en este viaje, nos vamos al mar Pacífico. Al fin, el mar.

Pura vida

“Pura vida” es la expresión más famosa de Costa Rica y se usa para todo aquí. Hemos empezado a entender su significado a medida que nos hemos ido adentrando en la naturaleza y en el ritmo que tiene este país, espero saber transmitir a lo que me refiero a través de nuestra aventura en estos dos días.

Salimos de San José rumbo al Volcán Poás. El volcán es uno de los principales atractivos del país por ser también una de sus cumbres más altas, llegando a los 2.700 metros de altitud. Además, rodeado de bosque nuboso, es de una belleza increíble. La última vez que el volcán entró en erupcion fue en 2017 y, desde entonces, presenta pequeñas erupciones freáticas que expulsan gases de ácido sulfúrico y que han motivado el cierre del parque natural en el que se encuentra por motivos de seguridad. Aún así, se puede visitar uno de sus cráteres, el principal, que tiene un diámetro de más de un kilómetro que resulta impresionante.

Llegamos al fin al volcán, después de un rato de ruta en coche por las peculiares carreteras costarricenses, maravillándonos con el ascenso mientras va haciendo cada vez más frío debido a la altura.

La desventaja de encontrarse en un bosque nuboso, es que cuando llegamos a la entrada al parque, nos avisan de que las nubes están cubriendo el cráter y no se ve nada (si os parece curioso, podéis ver en directo el estado del volcán en http://www.ovsicori.una.ac.cr/index.php/vulcanologia/cámaras).

Estuvimos haciendo tiempo por los alrededores y la suerte nos acompañó, finalmente el cráter se despejó y pudimos entrar a verlo, no sin antes colocarnos un casco de obrero por seguridad y para asegurarnos que estamos monísimas en las fotos 🙂 Todas las peripecias, incluido el casco, merecieron la pena cuando conseguimos por fin asomarnos al cráter y contemplar esta maravilla. Es indescriptible.

Mientras esperábamos a que se despejase el cráter del Poás, nos acercamos a las Cataratas de la Paz. Resultó un acierto porque una de las cataratas se puede ver desde la carretera sin necesidad de pagar y es todo un espectáculo de la naturaleza, resulta increíble estar cerca de ella y sentir la fuerza con la que cae el agua sobre la laguna que hay bajo ella.

Aprovechamos también la parada para tomarnos una pipa (un coco) con unas tortas de maíz y queso que nos vendieron en un puesto improvisado cercano a la catarata.

Seguimos camino por la provincia de Alajuela rumbo a La Fortuna, con más carreteras peculiares, de un solo carril que lo mismo te hacen ir detrás de un autobús escolar que de un carromato que transporta animales, pero con unos paisajes a los lados que cortan la respiración. Y llegamos a media tarde para encontrarnos con un lugar fuera de todo lo conocido hasta ahora, con un montón de vida que gira en torno a la naturaleza. Se pueden encontrar observatorios de mariposas, de pájaros, de insectos, de plantas, hot springs (aguas termales) o puestos de fruta tropical por todas partes, todo ello en un pueblo que es poco más de una calle ancha culminada por el volcán Arenal.

Estamos agotadas pero este lugar invita a estar en la calle y nos alargamos un poco en Lavas Grill mientras tomamos piña colada y escuchamos reagge con una amiga que hemos hecho en el viaje.

Aún así, ya con las fuerzas renovadas después de dormir, arrancamos al día siguente con una ruta del chocolate. Y es que Costa Rica es un gran productor de esta delicia y conocer el proceso de elaboración del cacao en un entorno como éste, ha resultado algo inolvidable.

En primer lugar, permitidme que os presente el origen de todo, que es la plantación de chocolate en fruto porque, no sé vosotros, pero yo nunca había visto cómo es el chocolate antes de convertirse en el manjar que conocemos.

Durante el tour hemos podido ver cómo se fermenta, seca, muele, se separa de la cáscara y finalmente se convierte en una pasta con la que convertirnos la semilla del cacao en chocolate. Además, hemos podido probar el fruto en cada uno de los pasos, siendo testigos de cómo va evolucionando su sabor hasta convertirse en la delicia final. Interesante y delicioso.

Continuamos el día muy cerca visitando la Cascada de La Fortuna junto al mariposario y al jardín de orquídeas. Lástima que la lluvia torrencial que ha caído durante nuestra ruta del chocolate ha hecho que todas las mariposas corran a refugiarse así que no hemos podido ver muchas. Para llegar a la catarata, nos espera un descenso de 500 escalones, no sin antes observar la catarata desde un mirador en lo alto que nos promete que la bajada merecerá la pena.

Una vez abajo, con las piernas temblando, nos impacta tanto la vista y el oído, que casi nos olvidamos que todo lo que hemos bajado, más tarde habrá que subirlo.

Por si con estos dos sentidos no teníamos bastante, está permitido el baño así que no lo hemos pensado ni un minuto y nos hemos cambiado para meternos de lleno. Las sensaciones de bañarse junto a una cascada de estas dimensiones y rodeada de selva por todas partes, no pueden ser mejores y tengo que compartir un poquito también con vosotros.

Estando aún en el agua, ha empezado a diluviar como si el cielo fuera a venirse abajo así que hemos tenido que precipitar nuestra salida del agua para poner a buen recaudo nuestras cosas. Y empezar la subida, caladas hasta donde os podáis imaginar y con un perezoso gurú que nos iba poniendo frases motivadoras para indicarnos que cada vez estábamos más cerca de la cima.

No he podido evitar hacer una última foto de la catarata desde arriba y esta vez envuelta en niebla y lluvia, incluso así resultaba una maravilla.

Después de la catarata, nuestro plan era visitar el volcán pero el mal tiempo nos ha seguido hasta él así que no hemos podido hacerlo. Esperemos que mañana el día esté más despejado y podamos ver la principal atracción de este lugar que me ha conquistado. En cambio, la lluvia no nos iba a parar y hemos aprovechado el resto de la tarde para ir al pueblo de El Castillo y visitar el Lago Arenal, llevando al extremo a nuestro 4×4. Las vistas, tanto por el camino como a pie del lago, son de esas que te quedas para siempre contigo.

Rematamos este día pasado por agua con un poco más gracias al circuito de aguas termales del Tabacón. Las aguas de este lugar proceden directamente del volcán y por ello salen ardiendo. Es un lugar para relajarse y dejarse impregnar por los beneficios para la salud y la piel de este agua, pero es que además el sitio es una auténtica belleza. Hemos pasado un rato de sensaciones a flor de piel y hemos salido renovadas de allí.

Espero que hayáis sentido un poquito de la pura vida que respira Costa Rica de nuestra mano, pero esto no acaba aquí y tenéis que volver en la próxima entrega para saber si nos atreveremos al canopy (tirolina) y, en caso afirmativo, si sobrevivimos a él.

Tortuguero

El día amanece mucho más despejado de lo que prometía así que arrancamos el día con la alegría de no tener que usar chubasquero. Invertimos 3 horas en llegar hasta la entrada al Parque Nacional Tortuguero pero por el camino nos deleitamos con la carretera que conecta la provincia de Limón con San José, única vía de conexión entre ambas y que atraviesa el parque natural Braulio Carrillo.

Costa Rica supone el 5% de la biodiversidad mundial y no es de extrañar viendo el respeto con el que se trata a los tesoros naturales que hay en el país. En concreto, Braulio Carrillo es muy importante para los lugareños puesto que concentra gran parte de la bioiversidad gracias a su gran extensión (lindando con otros parques naturales) y sus diferentes alturas que llegan hasta los 3000 metros sobre el nivel del mar. También es relevante por ser el proveedor natural de la lluvia para San José. Gracias a que sus altas montañas cubiertas de selva forman una barrera natural que separa el Valle Central de la región caribeña, las nubes se forman en él y cuando cruzan a San José descargan la lluvia.

Dejamos atrás Braulio Carrillo para continuar por la provincia de Limón en una carreterita que va recorriendo pueblos y plantaciones de bananos. Hacemos varios altos en el camino, entre ellas para ver alguna plantación que son de lo más curioso.

También tenemos la oportunidad de disfrutar en el camino de algunas otras frutas tropicales como el mamón y el achiote, en este caso no para comer sino para pintarnos los labios ya que el fruto es un tinte natural.

Poco antes de llegar a nuestro destino, nos sorprende un perezoso dormido en un árbol a pocos metros de la carretera. Son unos animalejos muy tiernos que duermen durante 20 horas al día y comen exclusivamente hojas durante las 4 horas restantes.

Y tras tres horas de camino en minibus rodeadas de paisajes verdes y con algún que otro traqueteo, llegamos a La Poveda y allí nos adentramos en bote en el Parque Nacional Tortuguero a través de un canal, única manera de llegar al pueblo de Tortuguero, que linda con el mar Caribe. Y empezamos a maravillarnos con la densidad de la vegetación alrededor, rodeadas por cocodrilos, caimanes, aves de todas las especies, iguanas, monos… Es un lugar increíble que es bastante difícil describir, incluso con fotos, tiene esa magia que es imposible captar con una imagen.

El Parque Nacional de Tortuguero nace en los años 70 para proteger a la tortuga verde, que va a desovar en esta zona. Por ello, de la zona protegida que abarca el parque, solo un 20% es bosque, el 80% restante es playa y mar. Tenemos que dar gracias a la tortuga puesto que sin ella no habrían preservado la zona de bosque que es tan impresionante. Aprendimos mucho sobre las distintas especies de vegetación y de fauna pero probablemente las sensaciones de este lugar serán las que perduren en el tiempo.

Después de recorrer maravilladas durante más de una hora los canales del parque nacional, llegamos al pueblo de Tortuguero. Un pueblito pegado al mar y sin más conexión con el mundo exterior que los canales por donde hemos venido. En realidad se trata de una calle en la que sólo se puede transitar a pie o en bici. Es un pueblo muy humilde de unos 1.000 habitantes dedicados al turismo, no he podido hacer más fotos porque iba maravillada con el lugar pero aquí tenéis una pequeña muestra, incluida la palma del viajero que se encuentra allí y que por razones obvias también me conquistó.

Y por supuesto, el pueblo de Tortuguero va a dar al mar Caribe en una playa de arena fina pero oscura debido a las cenizas del volcán que estuvo activo años atrás. En esta playa es donde la tortuga verde hace el desove entre julio y octubre por la noche cuando no hay ojos curiosos que la observen (o eso se cree ella) y por tanto es un entorno protegido donde no es posible el baño. Puesto que nosotras no hacíamos noche en Tortuguero, no pudimos ver el desove pero si tomarnos una popa, hermana pequeña del coco, mirando al mar Caribe.

Camino de vuelta a San José y mañana seguimos abandonando la ciudad para adentrarnos en más naturaleza.