Donde vaya aquí en el corazón te tendré a ti…

Tu nombre significa “océano” en maorí, así que supongo que estábamos predestinadas de alguna forma a encontrarnos. Han sido un montón de primeras veces en los últimos dos meses ¡y todas las que están por venir! Hoy hemos cruzado juntas esa puerta por última vez y, aunque tú no seas consciente aún de ello, al hacerlo estabas dando un paso hacia el primer día del resto de tu vida. Ataviada con tus nuevos complementos rojos, que he elegido por ser el color que representa la fuerza, la vida, la valentía y todas las cosas que tú significas para mí, además de ¿por qué no decirlo? porque con ese color estás aún más bonita.

A pesar del miedo, ilusión es el sentimiento que mejor define cómo me siento así que hoy que has dejado atrás la oscuridad, el frío y la soledad de tu chenil, solo puedo sentirme agradecida. A Hoope, por haberte acogido y haber cuidado de ti durante tus 2 años de vida, a cada una de las personas que han sentido un pellizquito en el corazón hoy cuando te han visto marchar, a Sergio por habérnoslo hecho fácil a las dos y habernos ayudado con sus consejos a llegar hasta aquí. También un “gracias”, algo más amargo, a aquella “persona” que te dejó abandonada sin mirar atrás, porque así hoy podemos empezar nuestra vida juntas.

El camino no va a ser siempre fácil pero salvaremos cada obstáculo trabajando juntas. Yo me encargo de que muy pronto descubras esa increíble masa de agua a la que hace honor tu nombre y estoy convencida de que te enamorará tanto como a mí. Solo es una aventura de las muchas que tengo pensadas, quiero que disfrutes del mundo, quiero que recuperes el tiempo y que aprendas que confiar en alguien no siempre es sinónimo de decepción.

Orejotas listas para ondear al viento mientras correteas, inundándolo todo de alegría.

Bienvenida a tu nueva vida, pequeña Moana.

Entre recuerdos. Adiós 2018

2018

Este 2018 no da para mucho más, se nos escapa entre los dedos según se va apagando la luz por última vez. Y de nuevo esta mezcla de sentimientos entre melancolía por lo que queda atrás y alegría por todo lo que está por venir.

No puedo decir que haya sido un año fantástico pero, como todos, me ha enseñado algunas cosas. Este año ha sido mi escuela para aprender a valorar los recuerdos, los buenos y los malos, que son los que dibujan quienes somos y mantienen vívidas las lecciones aprendidas. Probablemente habrán sido infinitas las veces que he deseado que algunos de ellos se borraran para que no se conviertan en fantasmas que reaparecen en los peores momentos y, ahora que aún estamos en este 2018, puedo decir que no volveré a desearlo más.

Ni que decir tiene que, obviamente, prefiero todos los recuerdos buenos y que este año, contra viento y marea, me he empeñado en hacer una colección de buenos recuerdos que sin duda van a cambiar conmigo de año. Están en ese saco de buenos recuerdos todos los momentos de risas, también de lágrimas, los cafés improvisados, los abrazos de mi ranita, las tardes de manta, las de maratón de series, los logros profesionales que llegan después del trabajo bien hecho, las caricias y juegos de zombis con mis pequeñajos, las buenas películas, la cocina de mamá y los postres dobles de papá, las conversaciones que duran horas, ver el mar, las comilonas, las siestas, los ratos de truculencias en la oficina y, por supuesto, los viajes. Los he contado y han sido 22 vuelos en total los que me han llevado a atravesar el mundo en este año y a deleitarme con los atardeceres y los templos budistas de Tailandia, con la magnificencia y los contrastes de Rusia, con la belleza clásica de mi Italia, con la verde Eslovenia y la controversia cultural de Bosnia, con la acogedora Croacia y el azul celeste del Adriático, con la calidez del sur de Francia y la libertad que se respira en el aire de Dinamarca. Tenía que hacerles una mención especial pero los recuerdos no son un destino, sino las miradas, las sensaciones, las experiencias y los aprendizajes en cada uno de ellos.

Y si los recuerdos también son esto, 2018 ha estado repleto de todo eso y no solo en cada uno de los viajes. Las miradas de cada uno de vosotros, a veces de complicidad, otras de respeto, de cariño o de incredulidad, e incluso de preocupación sincera cuando me habéis visto tambalearme. Guardo especialmente a buen recaudo algunas sensaciones que he experimentado este año, algunas de ellas nuevas para mí, pero destaco por encima de todas esa sensación de felicidad después de cada “lo he conseguido”. Las experiencias son un grado pero son demasiadas para recoger aquí sin aburrir y son algo tan personal que en algunos casos sería complicado transmitir solo con palabras. Y por último, los aprendizajes, que también han sido muchos, son la forma que tiene este año de decirnos que incluso de todo lo que nos ha devastado y nos ha dejado unas cicatrices muy feas, se puede sacar algo positivo y bonito aunque a priori seamos incapaces de verlo.

En el cenit de este 2018, mi deseo es que sigamos recolectando recuerdos y que nada nos los pueda borrar jamás, que todos podáis volver atrás la vista (tan lejos o cerca como queráis) y rescatar algunos de esos recuerdos bonitos para iluminar esta noche especial y cruzar la delgada línea que nos separa ya del próximo año, con la corona en su sitio y brillando con fulgor. Y mañana, seguiremos coleccionando más recuerdos.

Hasta siempre, 2018. Feliz 2019!!!!!!

 

Copenhague y el hygge.

Y en la última entrada de esta pequeña aventura quiero darle protagonismo al Hygge, muy importante en la cultura danesa, una palabra sin traducción ni significado concreto pero que viene a representar pequeños momentos de gran felicidad. Y es que dicen de Dinamarca que puede ser el país más feliz del mundo y eso se transmite en la calidez y amabilidad de sus habitantes, siempre dispuestos a ayudar con una gran sonrisa, y en los colores vivos, luces y vida que hay por toda la cuidad.

No podíamos irnos de la ciudad de la bici (un dato: el 61% de los desplazamientos al trabajo de Copenhague se realizan en este medio de transporte) sin recorrerla en bici. Aquí las bicis son las reinas, hay un carril bici que recorre toda la cuidad de punta a punta y son respetadas por transeúntes y vehículos sin excepción. Es un momento hygge usar este medio de transporte que tanto me gusta para movernos por Copenhague.

La bici y nuestras agotadas piernas nos llevan hasta el Palacio de Rosenborg, el último que nos faltaba por ver. Fue la residencia de verano de la monarquía danesa pero no se utiliza para tal fin desde el siglo XVII y, a día de hoy, es un museo que alberga las joyas de la corona.

También tenemos ocasión de ver la Torre Redonda o Rundetarn, impresionante y desde donde se pueden observar las vistas de una ciudad tan plana como Copenhague. Os confieso que nosotros no subimos pues llegamos a punto de anochecer y en una tarde bastante oscura.

Y tras anochecer no se nos ocurre mejor plan para terminar la tarde que la Gliptoteka NY Carlsberg, un edificio impresionante que alberga la exposición de la que es dueño un descendiente de la familia cervecera.

Tiene algunas obras interesantes de artistas daneses e incluso algunas impresionistas, además de esculturas de Egipto, Roma y Grecia. La entrada nos permitió estar a salvo del frío durante un rato y ver en persona El Beso de Rodin, solo con eso ya mereció la pena, lo demás fueron extras.

Maravillaos con esta obra de arte en mármol que representa a los amantes de la Divina Comedia de Dante, controvertida por ser la mujer quien seduce al hombre y porque Rodin prescinde de las perfectas proporciones para dar un mayor dramatismo a la obra y transmitir así la pasión de este amor prohibido. Igual os podéis imaginar el por qué me gusta tanto, además de lo evidente. Más hygge.

Terminamos la noche en el barrio rojo de Copenhague entre tiendas eróticas, salas de striptease y locales de alterne para descubrir, una vez más, el espíritu de libertad que se respira en esta cuidad. Nada reseñable del barrio pero creo que es necesario verlo para hacernos una idea más completa de ella.

Y la tarde de hoy, antes de volver a casa con los bolsillos llenos de hygge, la hemos dedicado a volver a recorrer los lugares que más han significado para nosotros estos días y que no os había podido enseñar hasta ahora. Por este orden, os presento la Plaza del Ayuntamiento y la calle Stroget, siempre tan concurridas y con tanta vida.

Y mi último recuerdo y último momento hygge es en Nyhavn que por supuesto no es una elección al azar. Rodeado de restaurantes de comida tradicional danesa, Nyhavn nos ofrece la posibilidad de probar, justo antes de irnos, un poco de la comida típica. Probamos el smorrebrod, una especie de tosta con una variedad enorme de ingredientes encima.

También especial mención para los postres, muy típica la tarta de manzana (derecha en la foto) y un postre de Navidad que es una suerte de arroz con crema y almendras bañado en salsa de frutos rojos (izquierda en la foto). Al preparar este postre esconden una almendra entera en él, quien la encuentre tendrá suerte durante el año siguiente. Tendré que probar más veces porque esta vez la almendra no apareció 😞.

Y mientras tomábamos estos manjares, la luz se va apagando por última vez en Copenhague y la encantadora camarera enciende el fuego de la chimenea. Esa sensación que no sé si puedo transmitiros con mis palabras, es el hygge.

Hay lugares que te roban un poquito de alma y, desde ese momento, van contigo para siempre. Copenhague y su Nyhavn es uno de esos lugares para mí así que yo también me llevo un poquito de ellos a casa.

Tak, Kobenhavn.

Y mi dedicatoria de esta y todas las entradas de este finde largo es para mi amigo, compañero, familia y marido. Aunque “tenemos que aprender” a hacer los dúos mejor, gracias por tantas risas entre Kakadú, Lolo y Naviyiyi. Un brindis con cerveza Vesterbro en nuestro bar, nuestra ciudad y sonando de fondo “El hombre del piano”, momento hygge sin duda, por todas las risas de este viaje, las de nuestro día a día y por todas las que vendrán.

Entre vikingos y mega construcciones. Roskilde y Malmo

No contentos con lo que nos ha impresionado Copenhague, hemos aprovechado las horas de luz para hacer alguna excursión alrededor.

Ayer estuvimos en Roskilde, lugar emblemático en la historia vikinga. Nuestra excursión comienza en la plaza del ayuntamiento de Copenhague, donde una escultura hace referencia a la importancia de Roskilde.

A sólo 20 minutos en tren de Copenhague, Roskilde es un pueblito encantador al más puro estilo escandinavo. Fue capital de Escandinavia antes que Copenhague y por tanto donde residió la monarquía hasta el siglo XV que Copenhague la desbancó como capital.

Una grandiosa catedral de ladrillo rojo, tan típico por esta zona, nos da la bienvenida junto al colorido de los edificios aledaños.

Pero además de esto, Roskilde también es rural y pasear por los alrededores es, a pesar del frío, una delicia. Hay parques adorables y el día soleado que nos está acompañando contribuye a que el paseo sea idílico.

Llegamos hasta el Báltico para dar con el Museo de Barcos Vikingos. Roskilde fue un importante asentamiento de vikingos entre los siglos VIII y XI, su ubicación estratégica cerca del mar pero en un fiordo que dificultaba la entrada a otro tipo de embarcaciones, supusieron una ventaja para ellos y sus barcos. Cuando algún enemigo se acercaba a la costa, lo avistaban desde los montes próximos y encendían fuegos a lo largo de las colinas para avisar a los guerreros vikingos que se preparasen para luchar. Los vikingos eran un pueblo de navegantes que hacían unas naves a vela muy rápidas y fáciles de manejar. Eran comerciantes y gracias a sus viajes en barco hasta Islandia, Groenlandia y parte de Europa, contribuyeron en gran medida al desarrollo de Escandinavia.

Y así nos contaron en el museo que ocurrió una última vez, con el aviso de un enemigo que se acercaba a la costa y, para impedir la invasión, hundieron 5 naves en el banco de arena navegable frente al puerto de Roskilde. En 1962 hallaron los restos de las naves hundidas y, tras un arduo rescate pieza a pieza, las recompusieron en el museo, tardando unos 25 años en completar la tarea.

Nos vamos de Roskilde impresionados con la historia de los vikingos, de la que poco sabíamos.

Y hoy nos hemos aventurado a cruzar la frontera y llegar hasta Suecia también en tren, en concreto a Malmo, separado de Dinamarca por un puente que es una auténtica obra de ingeniería sobre el mar.

Y además de esta mega construcción, poco tengo que contar pues Malmo nos ha parecido un lugar algo plano y sin mucho interés. Destacar la Iglesia de San Pedro que es lo que nos ha parecido más reseñable.

Tras las excursiones, hemos podido aprovechar algún ratito más en Copenhague y me apetece dedicarle una entrada más a ella sola para despedirme como se merece.

Copenhague, entre el gris y el color.

Os lo avisé! No había que esperar mucho para verme embarcada en una nueva aventura. Esta vez nos vamos a Escandinavia y, en concreto, a Dinamarca. Aterrizamos anoche en su capital, Copenhague, con mucho frío y de noche profunda (aquí anochece a las 4pm). Salimos a dar una vuelta, cenar algo y disfrutar de la cerveza danesa y nos asombra la vida que tiene esta ciudad llena de luces, gente por todas partes (incluso en las terrazas a 4 grados), bares con música en directo y el parque de atracciones Tivoli, decorado ya de Navidad, que llena todo de alegría y luz. Me duermo emocionada deseando conocer la ciudad de día.

Y aunque la previsión del tiempo nos había prometido sol con frío, sólo ha cumplido la parte del frío y el sol ha brillado por su ausencia. Empezamos temprano para hacer el free walking tour (muy recomendable hacerlo) y recorrer algunas de las principales atracciones de la ciudad.

Empezamos por el palacio de Christianborg, antigua residencia de los monarcas pero actualmente la sede del Parlamento danés y único edificio en el mundo donde confluyen los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Seguimos por la visita al palacio de Amalienborg, que es la residencia actual de la reina Margarita y el heredero al trono Federico junto a su familia, unos monarcas un tanto peculiares que, según nos han contado, no es raro ver salir a comprar, a correr y que incluso se ven envueltos en tareas artísticas. Tras el palacio, asoma la impresionante cúpula de la Iglesia de Mármol.

Continuamos nuestro día visitando la mundialmente conocida Sirenita, tras hacernos hueco entre el gentío para poder traeros esta vista del monumento dedicado al escritor de cuentos Hans Christian Andersen.

No nos queda mucho tiempo de luz así que nos dirigimos a otro rincón famoso de la ciudad y que, para mí, ha resultado ser uno de los más encantadores: el canal de Nyhavn junto al puerto nuevo, rodeado por casitas de colores y locales con mucho gusto. Es una maravilla pasear por este lugar y me quedo para mi mochila con la alegría que contagia el colorido de esta zona, experimentando así el hygge (estado de felicidad), también muy típico en la cultura de Dinamarca.

Y nuestra última parada en el día de hoy es en Christiania, pasando antes por un street food market con todo el encanto para picar algo. Y Christiania es un barrio autogobernado que se declaró independiente del estado danés, donde conviven unas 1.000 personas en un barrio de 36 hectáreas. Con un espíritu hippie, en este barrio es muy fácil encontrar gente vendiendo drogas y por tanto no es posible hacer fotos así que sólo os puedo enseñar la entrada a este ecléctico lugar que no ha sido lo más interesante del día pero que es algo digno de conocer.

Ya de noche, un paseo por la calle comercial principal llamada Stroget y dar una vuelta por los mercados navideños dejándonos impresionar por la artesanía y la comida danesas.

Hoy la Historia os la cuento al final. Dinamarca es un país increíble que, tras separarse de Suecia a la muerte de Margarita I, perdió relevancia a nivel internacional y se centró tanto en recuperar algo de su antigua posición dominante, cuando era capital de Escandinavia, que esto sólo les trajo desgracias. Finalmente, cambiaron radicalmente su mentalidad y decidieron centrarse en el interior del país y fundar así uno de los estados de bienestar más auténticos de Europa, lo que llevó a Dinamarca a florecer. No sé a vosotros pero a mí se me ocurren similitudes a montones 😊

Y me entretengo un poquito más con la Historia para contaros que Copenhague fue invadida por los nazis en 1940 y que su resistencia duró 2 horas con la intención por parte del gobierno danés de no someter a su población a una matanza incontenible. Tras hacer boicots a los nazis durante 3 años, por la vía pacífica y usando la inteligencia, en 1943 la situación se desborda y los nazis ordenan el arresto de los judíos daneses. Los cristianos daneses acogieron en sus casas a los judíos para evitar su arresto y todo el país salió a la calle para protestar ante esta atrocidad injusta. Contra la fuerza del pueblo danés unido, ni siquiera los nazis pudieron conseguir su objetivo. En paralelo, un profesor danés viajó hasta Suecia para conseguirles un salvoconducto que funcionó en el caso del 95% de los judíos daneses.

Este es el espíritu de Dinamarca que me ha enamorado y que hace que sientas su corazón palpitar cuando paseas por cualquier rincón de esta ciudad. Eso, y ver este increíble atardecer desde el lago que hay en Christiania.

Albí, mon amour

El día amanece despejado y nos vamos de excursión de nuevo, esta vez a Albí. Una hora escasa en tren nos separa de nuestro próximo destino, que se va a convertir en la gran sorpresa de esta ruta.

Albí es otro bastión importante del catarismo, de hecho el sobrenombre de cruzada albiguense toma su nombre de esta villa, conocida en la época romana como Albiga.

Llego a la estación de Albí con un sol espléndido y una temperatura muy agradable que me permiten disfrutar del paseo hasta el centro del pueblo y empiezan a aparecer los edificios de ladrillo que me hacen intuir que este lugar no me va a dejar indiferente. Llego a la plaza del pueblo y me impacta la vista de la Catedral de Sainte Cecile.

Es día de mercado en Albí y se respira un ambiente de animación y jolgorio así que me mezclo entre la gente y doy una vuelta por los puestos dejándome llevar hasta alcanzar la impresionante vista del río Tarn y las vistas de Albí cayendo sobre él.

El peculiar colorido de este pueblo se debe a la arcilla del río ya que todos los edificios están construidos con ladrillos hechos de la arcilla del Tarn. El río y la villa son uno y no se entienden el uno sin el otro. Paseo por el otro lado del río y la vista es espectacular.

De vuelta a la villa, me aventuro a entrar en el Palais de la Berbie, que además de ser un magnífico edificio lindando con el río y la catedral, es la sede del museo de Toulouse-Lautrec dedicado al artista impresionista nacido en esta localidad.

Una colección interesante que incluye algunas de sus pinturas y litografías más famosas, como esta del Moulin Rouge.

Tras el museo, me dispongo a entrar en la impresionante catedral pero llama mi atención la bonita plaza en la que está ubicada que antes la algarabía del mercado no me había permitido apreciar. Lleva por nombre el mismo que el de su catedral, Sainte Cecile.

Al entrar en la catedral por la puerta lateral que es una maravilla más del edificio, me quedo embelesada con los frescos que ocupan cada milímetro de pared disponible. El coro de la catedral es único y merece una mención especial aunque no tenga fotos para enseñar, digno de ver y dejarse emocionar por él.

De camino a buscar el mercado, aún descubro algunos rincones increíbles como la iglesia de Saint-Salvy integrada entre los edificios de la villa de tal forma que puede pasar desapercibida.

Y finalmente alcanzo el Mercado de abastos que, como sabéis, es uno de mis lugares preferidos siempre que visito una ciudad.

No podía poner fin a esta escapada de mejor manera que con los rincones de Albí guardados en mi retina mirándolos una y otra vez para intentar que no se borren jamás. Esta vez sí, por un magnetismo que probablemente ni yo alcanzo a entender, Albí ha conseguido enamorarme y hacerme sentir que una vez más dejo un trocito de mi corazón aquí. A tout a l’heure!

Nos vemos en menos de lo que pensáis con una nueva aventura, que el mes de noviembre viene viajero! 😊

Carcassonne, una vuelta a la Edad Media.

Un nuevo día amanece y parto desde la estación de Matabiau, después de un buffet francés, rumbo a Carcassonne.

Tenemos una hora en tren hasta llegar a nuestro destino que podemos aprovechar para saber más acerca de esta ciudad.

Carcassonne fue relevante desde la época romana (s. I dC) cuando la colina fue fortificada y convertida en centro administrativo. Posteriormente reforzada por visigodos y convertida en feudo de la Corona de Aragón, se la reconoce especialmente por su papel en la cruzada contra los albiguenses. Los albiguenses, también conocidos como cátaros, tenían una doctrina maniqueísta basada en el Nuevo Testamento que sólo contemplaba dos principios supremos, siendo el Bien quien crea espíritus y el Mal el mundo material. Rechazaban el matrimonio, propugnaban la salvación a través del conocimiento (y no de la fe) y planteaban una dualidad contraria al Todopoderoso. Por estos motivos, además del miedo por la proximidad de los cátaros a la monarquía, el Papa Inocencio III inició una cruzada contra ellos que terminó en un conflicto que se extendió del siglo XII al XIV. Poco a poco la cruzada fue reduciendo la resistencia cátara pero Carcassonne, donde la dinastía de los Trencavel había creado un batallón de seguidores, resiste como último bastión del catarismo. Tras una quincena de asedio, la ciudad también se rinde, y con ella la herejía. Contra los últimos reductos, la Iglesia crea la Inquisición que en un primer momento perseguía a cátaros.

Llegamos a Carcassonne con un poco de Historia en los bolsillos y caminamos durante media hora por la ciudad baja para llegar, tras cruzar el Ponte Vieux que atraviesa el río Aude, a vislumbrar las torres de Carcassonne reclamando el protagonismo que les corresponde.

Impresionada, me adentro en La Ciudadela atravesando la doble muralla por la puerta de Saint-Nazaire.

Como podréis imaginar, la ciudad por dentro no defrauda y es si cabe más espectacular que la vista desde el exterior. Calles empedradas, muros de mampostería, tiendas de jabones, creperías, vinotecas… Caminar por el interior de la ciudad es una delicia y ni el día gris que me acompaña ha podido enturbiar sus encantadoras placitas.

Después de una primera toma de contacto con la ciudad me decido a visitar la principal atracción de ésta: el castillo y su muralla.

El castillo de Carcasona está construido sobre una domus romana, de la que aún se conservan algunos de sus frescos originales. Desde el patio de honor se accede a una incesante sucesión de salas y torres por las que no puedo evitar sentirme admirada e imaginar que estoy en la Edad Media.

Tras visitar el castillo, he hecho un recorrido por la muralla. En primer lugar, la muralla galorrománica, situada al este del castillo, increíble pero cómoda de andar y que me ofrece algunas vistas únicas de la Ciudadela, la ciudad baja y la propia muralla.

A continuación, visito la muralla medieval que está al oeste del castillo. Esta parte de la muralla me parece más espectacular aún y tiene algunas de mis vistas favoritas en el día de hoy pero también sus escaleras se encrespan y termino el recorrido exhausta (y con agujetas aseguradas para mañana).

Y por último se merece una mención especial la Iglesia de Saint-Nazaire. En ella concluye la visita a la muralla medieval y, desde cualquier ángulo a medida que me voy acercando, resulta un deleite.

Por suerte, ya que estaban a punto de cerrar, he podido entrar a echar un vistazo y me han dejado estar allí a solas durante unos minutos. El altar repleto de preciosas vidrieras me ha dejado absorta durante un rato y, cuando me he recuperado, he vuelto a extasiarme con el rosetón.

Y este ha sido mi broche de oro a la ruta por Carcassonne aunque no he perdido ocasión de probar algunas delicias de esta región de Francia y dar un último paseo por el margen que hay entre las dos murallas de la ciudad, os dejo la última foto para que empaticéis con la tristeza de irme de esta maravilla hecha ciudad.

Toulouse, la ciudad rosa de Occitania.

Os propongo esta vez acompañarme en una pequeña ruta de otoño por la región de Occitania, en el sur de Francia. Empezamos con Toulouse, la capital, que es la tercera en demografía de Francia y es llamada la ciudad rosa por la proliferación de edificios de ladrillo caravista.

La navette que me trae desde el aeropuerto me deja en la estación de Matabiau, la principal de la ciudad y desde donde mañana empezará una nueva aventura. Breve paso por el alojamiento para dejar la maleta y empezamos a caminar por esta ciudad que desprende encanto desde el primer minuto. Ya desde el autobús he podido vislumbrar la torre de la Basílica de San Sernin y me ha dado la impresión que iba a merecer la pena así que mi primera parada es en esta maravilla románica (s. XII) cuya torre se puede ver desde las calles aledañas marcádome el camino.

Más que recomendable asomarse al interior para respirar el ambiente de paz, rota por su órgano entonando alguna melodia.

Nos esperan unos días con tiempo inestable y hoy parece que el sol quiere asomar tímidamente así que me dirijo al Jardin Japonais de Pierre Baudis para disfrutar de este rincón de armonía y serenidad ubicado muy cerca del centro de la ciudad. Baudis era un enamorado de la cultura japonesa y realizó varios viajes a Japón para aprender acerca de sus jardines y construyó este remanso en su ciudad natal.

Al entrar en el jardín, un cartel reza “entra usted en el Jardín Japonés, un lugar propicio para la calma y la serenidad”. No podría haberlo definido mejor.

Seguimos nuestra ruta por las calles de Toulouse, que como os decía derrochan encanto plagadas de pastelerías y panaderías, librerías, cafés pintorescos, tiendas de alimentación y de jolies souvenirs como dicen aquí, para dar con la plaza principal de la cuidad y su impresionante Capitolio. Una plaza llena de vida en la que no he podido evitar quedarme unos minutos a saborear el ambiente.

Y mi camino continúa para llegar hasta la iglesia de La Dorada y descubrir que está en plena reforma y no se ve absolutamente nada. Lejos de desanimarme, la vista del río Garona ha captado toda mi atención y me ha regalado las vistas más bonitas del día al atardecer.

El puente que atraviesa el río es el Ponte-Neuf, una construcción del siglo XVI muy característica por su diseño pensado para soportar las crecidas del río (que ya se había llevado otros puentes previamente). Ha sido declarada la construcción más estable para honra de la cuidad.

Con el corazón desbocado por las vistas del río, aún tengo pendiente una última misión por hoy y es visitar el Convento de los Jacobinos, ubicado en el centro de la ciudad. El exterior del edificio es fascinante, del siglo XIII, y totalmente construido en ladrillo rojo. Pero decido entrar pues aquí reposan los restos de Santo Tomás de Aquino.

A veces se toman buenas decisiones. El interior es simplemente mágico. Se accede por el refectorio, una enorme nave dividida en dos por una altísima arcada que nos obliga a mirar al cielo para verla terminar. Las bellísimas vidrieras de colores, contrastan con la nave, oscura y con un silencio sepulcral. Por si esto fuera poco, el artista conceptual Sarkis diseñó un espectáculo de luces de neón en el interior, enamorado de este lugar tanto como me he enamorado yo hoy. El resultado es increíble.

Pasamos al patio, en el que los cipreses y los arcos del claustro dan un toque diferente al ladrillo rojo del edificio. El silencio sigue reinando en este lugar.

Ya sabéis lo que me gusta quedarme con pequeños rincones del mundo para llevarlos siempre conmigo, sin duda de Toulouse me llevaré las vistas del río y las sensaciones del convento

No me quedan fuerzas para mucho más que tomar algo para calmar mi estómago y llegar a mi alojamiento a rastras para descansar y mañana volver con más.

La joya de la costa dálmata: Dubrovnik

Llego a la última parada de mi ruta por los Balcanes, a la que llaman la joya de la costa dálmata, Desembarco del Rey, Ragusa o, simplemente, Dubrovnik. En un primer contacto, me desagradan las infinitas escaleras que hay por toda la ciudad y la aglomeración de turistas, por no mencionar el calor, húmedo y asfixiante. Pero decido darle una segunda oportunidad y empiezo a caminar por sus calles, revestidas de mármol, repletas de edificios hermosos y rincones que resultan mágicos. Y vuelve a ocurrir, por última vez en este viaje, que poco a poco me voy quedando prendada de la cuidad.

El centro histórico de Dubrovnik es una ciudad medieval al pie del mar Adriático que se cierra gracias a una magnífica muralla del siglo XII, construida para proteger la ciudad, que se conserva intacta bordeando todo el perímetro del centro histórico.

Y dada la irregularidad del terreno, para construir la ciudad de Dubrovnik al lado del mar, teniendo en cuenta que la separa de Herzegovina un monte, es como si la ciudad en realidad cayera sobre el mar en cascada, siendo necesarias muchísimas escaleras que la convierten en agotadora, aunque también es esto lo que consigue hacerla un lugar tan especial.

La vista desde arriba de cualquiera de sus encrespadas escaleras es un deleite. Una vez bajo, encuentro la calle principal que es Stradun, siempre plagada de gente y donde podemos encontrar desde souvenirs hasta bares, restaurantes, agencias que ofrecen tours…y edificios preciosos que siempre carecen de balcones.

Muy cerca de Stradun podemos ver algunas de las maravillas que tiene esta cuidad como el Palacio del Rector, el Palacio Sponza (que los locales me han dicho que lo pronuncio muy croata jaja) y la catedral.

A mediodía, después de recorrer a pie las calles de la cuidad maravillándome con cada rincón, me he aventurado a subir a su muralla para recorrerla y poder observar desde la altura la belleza de sus tejados rojos barrocos, mandatorio del gobierno local que no permite construir en otro color para no estropear la homogeneidad. A pesar de que el sol caía implacable a esa hora, he disfrutado mucho el paseo y las vistas.

Exhausta del paseo, me siento a comer en una terraza mirando al Adriático, mi aventura está próxima al final y tengo que aprovechar al máximo las vistas del mar para llevármelas conmigo. Alcanzo el puerto nuevo a media tarde para empezar mi tour de Juego de Tronos. La aventura comienza surcando el mar desde el puerto nuevo al puerto viejo en el barco de Daenerys al ritmo de la banda sonora de la serie, no me avergüenza reconocer que soy una auténtica friki y estoy emocionadísima.

Llegamos al puerto y empieza el tour caminando por la cuidad para recorrer cada una de las escenas que han sido rodadas en Dubrovnik. No puedo dejar de compartir mi emoción al revivir el paseo de la vergüenza de Cercei, la batalla de AguasNegras, algún escenario de Qarth, las escaleras del Septo de Baelor…y como colofón puedo hacerme una foto en el Trono de Hierro.

Un poquito de descanso y disfrutar el ambiente de la noche en Dubrovnik y ultimamos esta aventura visitando la isla que se encuentra enfrente de Dubrovnik, la isla de Lokrum, una reserva natural llena de pinos y donde podemos ver pavos reales a montones que se mezclan con los turistas sin ningún reparo. Ojo que, según una antigua leyenda en Dubrovnik, si alguien saca de la isla una sola pluma de pavos reales, la mala suerte le acompañará. Y por supuesto desde la isla también puedo despedirme de él, el mar, mi mar Adriático, que no es casualidad que la última mención que haga en este viaje sea para él.

Y así termina esta aventura, con cierta tristeza pero también con ganas de retomar mi vida y ver a los míos que no se han perdido ni una sola batalla de mi #balcansroute. Si el año pasado mi aventura en solitario fue gratificante, este año me he superado a mí misma, a veces llevándome al límite, pero con orgullo puedo decir que lo conseguí. Los contratiempos y momentos difíciles poco a poco se convertirán en anécdotas que contar entre risas. Yo prefiero quedarme con el encanto de Zagreb, con los paisajes de ensueño de Eslovenia, con las calles de Liubliana, el azul turquesa de los Lagos de Plitvice, del río Neretva y del Adriático, con los atardeceres de Zadar, las vistas increíbles de mi Split, los contrastes de Bosnia y la magia de Dubrovnik. Me quedo con las lecciones de espeleología en Postojna, las de geología en las islas de la costa, las de historia en Sarajevo y las de leyendas en Dubrovnik. Y me quedo con toda la gente amable que me he encontrado, que me ha hecho mucho más fácil la aventura y me ha dado algunas de las mejores lecciones que me llevo de este viaje. Y vuelvo a casa feliz, sabiendo que todo eso viene conmigo en la mochila y que se quedará ahí, para siempre.

Los contrastes de Bosnia

Dejo Croacia y su costa por un rato para hacer una pequeña escapada a Bosnia-Herzegovina.

En primer lugar me dirijo hacia el turístico Mostar, muy cerca de la frontera con Croacia. La mala suerte es que la carretera principal está en obras y he tenido que desviarme para ir por los pueblos de Bosnia, toda una experiencia. Cuando llego a Mostar, me reciben nada menos que 44 grados pero aún así emprendo camino hacia el Stari Most, el puente que da nombre a la ciudad. El puente fue bombardeado por los croatas durante la Guerra de los Balcanes (9 de noviembre de 1993) y se convirtió en uno de los símbolos del conflicto ya que el puente había sido quien unificaba la cultura de los católicos del oeste con los musulmanes del este de la ciudad.

Cuando llegó la paz, además de juzgar como un crimen de guerra más la destrucción de este emblemático puente, la Unesco inició su reconstrucción y el nuevo puente fue inaugurado en 2004.

Alrededor del puente hay un sinfín de puestos, tiendas, cafés, bares, sisherías…donde poder encontrar curiosidades, tanto con un aire árabe como con un espíritu bizantino, en función del lado del río en el que te encuentres. Me ha parecido especialmente interesante está piedra y su mensaje.

Me dirijo también a la Mezquita Karadjoz-Bey, que es la única que se puede visitar e incluso subir al minarete desde donde, 99 escalones después, se observan las vistas de toda la ciudad y se hace aun más evidente el encuentro de culturas (al otro lado del Neretva, torres de iglesias católicas, en el lado donde estoy subida al minarete, mezquitas).

Un último paseo por el bazar de Mostar para comprar algún recuerdo y seguimos camino.

De Mostar a Sarajevo voy por una de las carreteras más bonitas que os podáis imaginar, cuando ya creía que había llegado a verlo todo en este viaje, en lo que a carreteras bonitas se refiere. Un paisaje increíble entre las montañas de los Alpes Dinariques siguiendo el río Neretva con sus aguas turquesas y cristalinas.

Y llego a Sarajevo a primera hora de la tarde y la primera impresión es de una ciudad especial, arropada por montes, en la que aparentemente todo es normal. He empezado a caminar y, a cada paso, descubría el encanto de Sarajevo. Una ciudad que en el oeste es musulmana, influencia del dominio ejercido por el imperio otomano del siglo XV al siglo XIX, mientras que el este es occidental, influencia del imperio austrohúngaro que ostentó el dominio de Sarajevo hasta el fin de la IGM.

En el barrio otomano, desde mi punto de vista el más encantador, hay una gran concentración de mezquitas que decoran con sus minaretes el cielo de Sarajevo, además podemos encontrar un hamam turco y el gran bazar en el que encontrar curiosidades y ver a los artesanos del cobre trabajando. Al atardecer, podemos asistir a la llamada a la oración.

En el barrio austrohúngaro, en cambio, encuentro calles amplias y comerciales con edificios pastel que recuerdan al Madrid de los Austrias. Aunque también cuenta con bellezas como la Catedral de Sarajevo.

Pruebo el burek, tradicional pastel relleno de carne, y puedo darme por satisfecha en esta primera toma de contacto con la ciudad.

A la mañana siguente, tengo un tour llamado La caída de Yugoslavia, a cargo de Meet Bosnia (os lo recomiendo si visitáis la cuidad), que me lleva por los lugares símbolo de la Guerra de los Balcanes.

El fin de la IGM da lugar a la creación del estado de Yugoslavia que aúna a eslovenos, croatas, serbios y bosnios, cuatro países con diferentes ideosincrasias que no tardan en generar tensiones. En 1992 las tensiones llegan a su punto álgido y, cuando Bosnia declara su independencia tras un referéndum entre su población, todo estalla por los aires. El ejército serbio, mucho más preparado que el bosnio puesto que la mayor parte de los soldados del antiguo ejército yugoslavo eran serbios, consigue avanzar en Bosnia y apostarse en los montes que rodean Sarajevo, iniciándose así el mayor asedio a una ciudad de la Historia, llevado a cabo desde lugares como éste en el Monte Trebevic.

1425 días de asedio a una ciudad de civiles que, para más escarnio, habían aprendido a vivir durante siglos en pacífica convivencia entre cristianos, ortodoxos, judíos y musulmanes. Bombardeos y tiroteos fueron el día a día de esta ciudad durante todos los días del asedio, causando graves daños en la infraestructura de la ciudad y más de 11.000 muertes de civiles. He podido visitar los cementerios de guerra (donde también conviven tumbas de todas las religiones) y escuchar algunas historias que han conseguido encogerme el corazón.

En la mayor parte de los edificios aún se conservan los impactos de balas y, aunque la mayoría de ellos han sido reconstruidos gracias a la ayuda de otros países (uno de los que más ayudó fue el gobierno español, lo cual me ha hecho sentir muy orgullosa), otros aún se conservan devastados.

Por toda la ciudad encuentro las rosas de Sarajevo, marcas en el suelo que simbolizan los lugares donde impactaron bombas llevándose la vida de varias personas, daba igual de qué ideología.

También hemos visitado el túnel Spasa (llamado también túnel de la esperanza), que fue construido durante la guerra en secreto como única vía para conectar la ciudad con el resto del mundo sin tener que atravesar la barrera serbia. Durante meses, el túnel sirvió para abastecer la ciudad y para que algunos civiles pudieran escapar del asedio.

Y así termina mi visita a Sarajevo, con una enorme tristeza en el corazón y el deseo de que su historia sirva de aprendizaje para que algo así no vuelva a repetirse jamás. Gracias a su fortaleza, Sarajevo ha sabido reponerse y hoy en día es una ciudad europea, con gran ambiente en sus calles y con unas vistas increíbles desde cualquiera de los montes que la rodean que no me permiten olvidar, ya que en todas las colinas hay cementerios de guerra, pero si llevarme un recuerdo amable de una cuidad que poco a poco me ha ido conquistando.

Y abandono Bosnia encantada de haber podido conocer un poco este país y sus contrastes culturales. De vuelta a Croacia, me voy a Desembarco del Rey o, lo que es lo mismo, Dubrovnik. Aviso a navegantes: seré muy pesada con Juego de Tronos 🙂