Sardegna la piú grande

Esta vez  me he saltado a la torera mis propias normas, que para eso son las normas, y no escribo esta entrada «en directo» sino ya desde la comodidad de mi hogar. Este viaje ha sido algo distinto por 2 razones: en primer lugar, porque no ha sido tan aventura como me tengo acostumbrada, en segundo, porque me prometí a mí misma desconectar de todo para que el brillo volviera a brillar y esto incluía al ordenador. Si hace unos meses os hablaba de un viaje especial a Oporto porque suponía salir de la frontera de España más de dos años después, esta vez os hablo de otro también especial porque se trata de ‘il ritorno’ a mi Italia, una Italia desde una perspectiva distinta a la que conocía hasta ahora, menos cultural, más relajada, pero siempre sorprendente.

Cerdeña es una isla que limita al norte con Córcega, al este con el mar Tirreno, y al suroeste con el mar Mediterráneo pero además de ser una isla constituye por sí misma una de las 20 regiones italianas y, no solo eso, se trata de la tercera región más grande de Italia (después de Sicilia y Piamonte) pero a la vez, una de las más despobladas del país. Esto os puede servir para haceros una idea de que se trata de un vasto territorio con muchísima naturaleza y agua, pero poca gente. Es imposible recorrerse la isla en unos días de vacaciones así que yo me he centrado más bien en la parte suroeste de la isla, con nuestro centro de operaciones situado en Iglesias. Cerdeña cuenta con su propio variante del italiano, el sardo, también su propio emblema del que luego os hablaré, su propia comida típica de la que también hablaremos luego y en definitiva su propia ideosincrasia. Voy a intentar que la conozcáis un poquito o, al menos, que tengáis una ligera idea de lo poquito que yo la he llegado a conocer.

Nuestro viaje arranca en Barcelona en un ferry de Grimaldi Lines para recorrer los 530 kilómetros que separan Barcelona de Porto Torres, el puerto de pasajeros más importante de Cerdeña. Tardamos unas 12 horas en recorrer de noche el Mediterráneo, toda una experiencia que además he podido compartir con mi fiel compañera, mi perrita Moana. Seguro que os preguntaréis si nos mareamos, nosotros un poco, ella como si hubiera ido en barco toda su vida. Al barco no le falta detalle para hacer de la travesía algo entretenido aunque, como todos los transportes en mi opinión, se hace pesado. Llegamos a Cerdeña y nos atravesamos la isla de norte a sur para llegar hasta Iglesias, haciendo una parada en el encantador pueblito de Bosa para irnos metiendo de lleno en la cultura sarda.

Una vez instalados, decidimos probar el encanto por excelencia de Cerdeña, esto es, las playas. No existe playa fea en Cerdeña (o al menos yo no la he conocido), todas son bonitas y encantadoras haciendo unos juegos con los colores azules como nunca había visto. Las hay de arena, rodeadas de pinos, con rocas, de piedrecitas pequeñas, con algas y más de las que os imagináis tienen ruinas fenicias dentro de la propia playa, pero todas combinan a la perfección el paisaje con el azul celeste de sus aguas y todas son una maravilla. Mención especial merecen las playas de perros, muy habituales en Cerdeña y por lo general muy cuidadas además de tener todos los servicios para que puedas pasar un rato divertido con tu peludo.

La otra gran fortaleza de Cerdeña son las grottas por su naturaleza calcárea hay muchas cuevas a lo largo de toda la isla y es por ello que Cerdeña ha sido un importante centro minero. Tuvimos ocasión de visitar la Grotta de San Giovanni, que es una de las galerías naturales más grandes de Europa con sus 850 metros de longitud que tuvimos ocasión de recorrer a nuestro aire y con Moana que, de nuevo, parecía acostumbrada a ver cuevas en su día a día.

También pudimos visitar la cueva de Porto Flavia, una mina excavada directamente en un acantilado pegado al mar, donde iban a parar los minerales de las minas de la isla, fundamentalmente de plata y zinc, para cargarlos en barcos y desde allí distribuirlos a toda Europa. Un ingeniero diseñó la obra maestra que hoy se puede visitar con un innovador sistema a través del cual se eliminaba el trabajo manual y todos los materiales que llegaban se almacenaban en silos desde los que la maquinaria los transportaba directamente a los barcos que había esperando en el mar. Esta obra de ingeniería supuso en 1923 que los trabajos de transporte de minerales que antes llevaban más de un mes, a partir de la innovación en Porto Flavia se tardaban a penas unos días. Es impresionante visitarla (y un poco claustrofóbico, para qué os voy a engañar) y conocer su historia. Así como impresionantes son las vistas desde la mina hacia el Mediterráneo con el Pan di Zucchero (Pan de azúcar) decorando el mar. El Pan di Zucchero es uno de los farallones más grandes del mundo y servía como barrera natural para el viento y las mareas para proteger los baros que atracaban bajo Porto Flavia esperando su mercancía.

No contentos con haber visto Porto Flavia por dentro, nos lanzamos a recorrer la bahía de Masua en lancha para contemplar la mina desde el mar y ver de cerca el Pan di Zucchero, incluso meternos en una de sus cuevitas para maravillarnos con otra versión del celeste del mar al introducirse la luz bajo la cueva y reflejarse sobre el agua. Sin duda, mereció la pena.

Un último vistazo al mar desde la Passeigata del belvedere di Nebida, como su propio nombre indica un paseo muy agradable de un kilómetro recorriendo los acantilados para contemplar de nuevo los azules del Mediterráneo.

Dejando a un lado lo maravilloso del mar y las cuevas de Cerdeña, os quiero enseñar algunas de mis vistas favoritas del que ha sido nuestro centro de operaciones: Iglesias. Un pueblo encantador con mucha vida y del que cabe destacar los paraguas de colores que impregnan de alegría sus tradicionales callecitas llenas de bares y tiendas. No he logrado descifrar el porqué de esta peculiar decoración pero es que, a veces, la vida tiene cosas bonitas que no necesitan explicación.

También tuvimos ocasión de visitar Cagliari, la capital de Cerdeña, una ciudad señorial de calles anchas y edificios de estilo neoclásico que cae sobre el mar. Debido a su altura, está plagada de miradores desde los que poder contemplar la ciudad de un punto de vista diferente.

Casi por último, no podía faltar, un poquito de historia para hablaros del emblema de Cerdeña. Seguro que muchos no sabréis que, desde aproximadamente 1300 Cerdeña fue un reino de la Corona de Aragón aunque mantuvo cierta autonomía hasta la unión de las coronas de Castilla y Aragón gracias a la unión de los Reyes Católicos. Desde entonces y hasta el Tratado de Utretch, que supuso el fin de la Guerra de Sucesión española (1713), Cerdeña fue un reino perteneciente a España. Poco después, en 1720, la corona de Austria cedió el reino de Cerdeña a la casa de los Saboya a cambio de Sicilia y así el destino de Cerdeña se unió a Italia hasta el día de hoy. Antes de todo esto, siendo Cerdeña aún española, ésta participó activamente en la batalla de Alcoraz contra los moros por la conquista cristiana de Huesca, por lo que Pedro I de Aragón cedió este emblema conocido como «los cuatro moros» a la isla que, a día de hoy, lo mantiene pero también sigue siendo uno de los cuatro emblemas que figuran en la bandera de Aragón.

No me quiero despedir de esta tierra sin hablar de la gastronomía. Pasta, si. Pero una variedad de pasta en la que predomina el mar (pescado, marisco, botarga…) así como la tierra (calabacin, patata, tomate, calabaza…) acompañado por el sabor intenso del queso pecorino, típico de Cerdeña. Además, no se trata de cualquier pasta, sino de variedades muy específicas que son las más propias de la isla: los culurgiones, con forma de concha y rellenos de los deliciosos sabores de la isla, y los pacheri, una suerte de macarrones enormes que están deliciosos. Puedo decir que en Cerdeña he probado la mejor pasta que he comido nunca: unos pacheri con crema de pecorino y polvo de jamón ibérico (aquí se nota la influencia española).

Con el recuerdo de estas delicias en la boca me despido de Cerdeña y pongo fin a las vacaciones. Espero de todo corazón que el espíritu sardo me haya llenado de fuerza para volver a la batalla del día a día, en la mejor de las compañías, como en este viaje, siempre. No os despistéis que Septiembre viene viajero y ya sabéis que esta sensación de volar, es adictiva. Ciao Sardegna, hasta que volvamos a encontrarnos, a mi querida Italia.

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