Te fuiste a Moscú, me dejaste sin menú…

Arrancamos el último día en Moscú con la visita a la auténtica catedral de la cuidad, la Catedral del Cristo Salvador. Sus cúpulas doradas en forma de bulbo sobresalen detrás del Kremlin reclamando el protagonismo que le corresponde por ser la iglesia ortodoxa más alta del mundo.

Esta iglesia es de nueva construcción ya que la original fue demolida por orden de Stalin en 1931 para construir allí el Palacio de los Soviets, algo que nunca llegó a ocurrir debido al estallido de la II Guerra Mundial. Bajo el mando de Yeltsin, la iglesia comenzó a reconstruirse, a imagen y semejanza de la original, en 1994.

El templo cuenta con 2 niveles y entrar en él es sentir paz mientras te maravillas con su decoración de dorados e imágenes. Y si esto ocurre con el templo superior, en el templo inferior esa sensación se multiplica por cien. Es una auténtica maravilla (tendréis que confiar en mi palabra porque en las iglesias ortodoxas no está permitido hacer fotos).

Seguimos camino para visitar el Bolshoi, esto es, el gran teatro de Moscú donde nos hubiese encantado poder disfrutar de ver un ballet pero ni el tiempo ni los precios escandalosos nos lo han permitido. A modo de curiosidad, comentar que, después de La Scala de Milán, es el teatro más grande de Europa.

Puesto que Moscú nos ha regalado este tiempo primaveral, decidimos visitar el moderno parque Zaryadye en un paseo muy agradable y que nos ofrece unas vistas espectaculares de la Plaza Roja, el Kremlin, el río Moscova y otra de las torres de Stalin.

Nuestro día continúa con la famosa vieja calle Arbat, una calle peatonal con mucho encanto plagada de cafés, restaurantes y tiendas de souvenirs. En las fachadas de los edificios aún se contemplan imágenes pintadas de revolucionarios. Contrasta con la nueva calle Arbat, en la que se encuentran las tiendas de las mejores firmas a nivel internacional y con un aire muy moderno.

Por supuesto, no nos podemos ir de Moscú sin hacer un breve recorrido por el metro. Una infraestructura impresionante que funciona a la perfección y que conecta una cuidad enorme. Es bastante fácil moverse en él, incluso a pesar de que los nombres de las estaciones están sólo en cirílico. Las escaleras mecánicas son eternas pues el metro de Moscú es el que más profundo está del mundo. Eso sí, cuidado con ponerse a la izquierda en las escaleras porque os podéis llevar algún improperio en ruso, de hecho hay un vigilante al pie de cada escalera que, entre otras cosas, se dedica a eso. Y además de todo esto, es precioso.

Y tampoco nos podemos ir de Moscú y de Rusia sin hablar de su gastronomía. En pocos sitios del mundo se come tan bien. Una gastronomía de guisos y sopas que hacen la boca agua. Especial mención merece la cocina georgiana, riquísima y muy variada, aunque cabe destacar el jachapuri (un pan en forma de barca relleno de queso junto con los ingredientes que elijas) que a mí me enamoró.

Concentrándonos en la cocina rusa tradicional, os detallo algunos de los platos más típicos y que hemos podido probar:

  • Pilaf: es un guiso de arroz con verduras y carne de cordero.
  • Pirozhki: bollitos de pan rellenos de berza o carne
  • Sopa borsch: de remolacha y otras verduras, servida con crema agria y panceta.

  • Kotleta: filetes rusos ¡sí, existen! Y están buenísimos.
  • Stroganoff: guiso de ternera en salsa, también delicioso.

Y por último, pero no menos importante, los postres. Utilizan mucho la miel aunque, al paladar, el sabor de la miel no predomina. Probamos la tarta Napoleón, delicioso postre de hojaldre y crema pastelera que lleva su nombre como recuerdo de que Rusia ganó al ejército de Napoleon en las guerras napoleónicas, y la tarta de miel, una delicia de bizcocho con chantilly y miel.

La sensación que me transmite Moscú, después de unos días de caminar por sus calles, es ecléctica. Continuos contrastes entre la belleza de algunos de sus edificios y la sobriedad gris de edificios de estilo soviético, entre lo tradicional y lo moderno. Una cuidad con calles enormes de hasta diez carriles y un metro que es la envidia del mundo entero, por mencionar un par de ejemplos, pero con la ineficiencia de tener que pasar controles de seguridad para todo o una población que se empeña en no abrirse al mundo (el inglés no existe para ellos) y que viven anclados en su historia.

Nos vamos de Moscú con todos los checks hechos y contentos de haber conocido un poquito este país. Me llevo unos cuantos momentos para mi colección personal, muchos de ellos no habrían sido ni la mitad de divertidos sin mi compañero de aventura así que la última entrada de este viaje es para ti, Fran.

Спасибо Moscú!

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