Copenhague, entre el gris y el color.

Os lo avisé! No había que esperar mucho para verme embarcada en una nueva aventura. Esta vez nos vamos a Escandinavia y, en concreto, a Dinamarca. Aterrizamos anoche en su capital, Copenhague, con mucho frío y de noche profunda (aquí anochece a las 4pm). Salimos a dar una vuelta, cenar algo y disfrutar de la cerveza danesa y nos asombra la vida que tiene esta ciudad llena de luces, gente por todas partes (incluso en las terrazas a 4 grados), bares con música en directo y el parque de atracciones Tivoli, decorado ya de Navidad, que llena todo de alegría y luz. Me duermo emocionada deseando conocer la ciudad de día.

Y aunque la previsión del tiempo nos había prometido sol con frío, sólo ha cumplido la parte del frío y el sol ha brillado por su ausencia. Empezamos temprano para hacer el free walking tour (muy recomendable hacerlo) y recorrer algunas de las principales atracciones de la ciudad.

Empezamos por el palacio de Christianborg, antigua residencia de los monarcas pero actualmente la sede del Parlamento danés y único edificio en el mundo donde confluyen los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Seguimos por la visita al palacio de Amalienborg, que es la residencia actual de la reina Margarita y el heredero al trono Federico junto a su familia, unos monarcas un tanto peculiares que, según nos han contado, no es raro ver salir a comprar, a correr y que incluso se ven envueltos en tareas artísticas. Tras el palacio, asoma la impresionante cúpula de la Iglesia de Mármol.

Continuamos nuestro día visitando la mundialmente conocida Sirenita, tras hacernos hueco entre el gentío para poder traeros esta vista del monumento dedicado al escritor de cuentos Hans Christian Andersen.

No nos queda mucho tiempo de luz así que nos dirigimos a otro rincón famoso de la ciudad y que, para mí, ha resultado ser uno de los más encantadores: el canal de Nyhavn junto al puerto nuevo, rodeado por casitas de colores y locales con mucho gusto. Es una maravilla pasear por este lugar y me quedo para mi mochila con la alegría que contagia el colorido de esta zona, experimentando así el hygge (estado de felicidad), también muy típico en la cultura de Dinamarca.

Y nuestra última parada en el día de hoy es en Christiania, pasando antes por un street food market con todo el encanto para picar algo. Y Christiania es un barrio autogobernado que se declaró independiente del estado danés, donde conviven unas 1.000 personas en un barrio de 36 hectáreas. Con un espíritu hippie, en este barrio es muy fácil encontrar gente vendiendo drogas y por tanto no es posible hacer fotos así que sólo os puedo enseñar la entrada a este ecléctico lugar que no ha sido lo más interesante del día pero que es algo digno de conocer.

Ya de noche, un paseo por la calle comercial principal llamada Stroget y dar una vuelta por los mercados navideños dejándonos impresionar por la artesanía y la comida danesas.

Hoy la Historia os la cuento al final. Dinamarca es un país increíble que, tras separarse de Suecia a la muerte de Margarita I, perdió relevancia a nivel internacional y se centró tanto en recuperar algo de su antigua posición dominante, cuando era capital de Escandinavia, que esto sólo les trajo desgracias. Finalmente, cambiaron radicalmente su mentalidad y decidieron centrarse en el interior del país y fundar así uno de los estados de bienestar más auténticos de Europa, lo que llevó a Dinamarca a florecer. No sé a vosotros pero a mí se me ocurren similitudes a montones 😊

Y me entretengo un poquito más con la Historia para contaros que Copenhague fue invadida por los nazis en 1940 y que su resistencia duró 2 horas con la intención por parte del gobierno danés de no someter a su población a una matanza incontenible. Tras hacer boicots a los nazis durante 3 años, por la vía pacífica y usando la inteligencia, en 1943 la situación se desborda y los nazis ordenan el arresto de los judíos daneses. Los cristianos daneses acogieron en sus casas a los judíos para evitar su arresto y todo el país salió a la calle para protestar ante esta atrocidad injusta. Contra la fuerza del pueblo danés unido, ni siquiera los nazis pudieron conseguir su objetivo. En paralelo, un profesor danés viajó hasta Suecia para conseguirles un salvoconducto que funcionó en el caso del 95% de los judíos daneses.

Este es el espíritu de Dinamarca que me ha enamorado y que hace que sientas su corazón palpitar cuando paseas por cualquier rincón de esta ciudad. Eso, y ver este increíble atardecer desde el lago que hay en Christiania.

Albí, mon amour

El día amanece despejado y nos vamos de excursión de nuevo, esta vez a Albí. Una hora escasa en tren nos separa de nuestro próximo destino, que se va a convertir en la gran sorpresa de esta ruta.

Albí es otro bastión importante del catarismo, de hecho el sobrenombre de cruzada albiguense toma su nombre de esta villa, conocida en la época romana como Albiga.

Llego a la estación de Albí con un sol espléndido y una temperatura muy agradable que me permiten disfrutar del paseo hasta el centro del pueblo y empiezan a aparecer los edificios de ladrillo que me hacen intuir que este lugar no me va a dejar indiferente. Llego a la plaza del pueblo y me impacta la vista de la Catedral de Sainte Cecile.

Es día de mercado en Albí y se respira un ambiente de animación y jolgorio así que me mezclo entre la gente y doy una vuelta por los puestos dejándome llevar hasta alcanzar la impresionante vista del río Tarn y las vistas de Albí cayendo sobre él.

El peculiar colorido de este pueblo se debe a la arcilla del río ya que todos los edificios están construidos con ladrillos hechos de la arcilla del Tarn. El río y la villa son uno y no se entienden el uno sin el otro. Paseo por el otro lado del río y la vista es espectacular.

De vuelta a la villa, me aventuro a entrar en el Palais de la Berbie, que además de ser un magnífico edificio lindando con el río y la catedral, es la sede del museo de Toulouse-Lautrec dedicado al artista impresionista nacido en esta localidad.

Una colección interesante que incluye algunas de sus pinturas y litografías más famosas, como esta del Moulin Rouge.

Tras el museo, me dispongo a entrar en la impresionante catedral pero llama mi atención la bonita plaza en la que está ubicada que antes la algarabía del mercado no me había permitido apreciar. Lleva por nombre el mismo que el de su catedral, Sainte Cecile.

Al entrar en la catedral por la puerta lateral que es una maravilla más del edificio, me quedo embelesada con los frescos que ocupan cada milímetro de pared disponible. El coro de la catedral es único y merece una mención especial aunque no tenga fotos para enseñar, digno de ver y dejarse emocionar por él.

De camino a buscar el mercado, aún descubro algunos rincones increíbles como la iglesia de Saint-Salvy integrada entre los edificios de la villa de tal forma que puede pasar desapercibida.

Y finalmente alcanzo el Mercado de abastos que, como sabéis, es uno de mis lugares preferidos siempre que visito una ciudad.

No podía poner fin a esta escapada de mejor manera que con los rincones de Albí guardados en mi retina mirándolos una y otra vez para intentar que no se borren jamás. Esta vez sí, por un magnetismo que probablemente ni yo alcanzo a entender, Albí ha conseguido enamorarme y hacerme sentir que una vez más dejo un trocito de mi corazón aquí. A tout a l’heure!

Nos vemos en menos de lo que pensáis con una nueva aventura, que el mes de noviembre viene viajero! 😊

Carcassonne, una vuelta a la Edad Media.

Un nuevo día amanece y parto desde la estación de Matabiau, después de un buffet francés, rumbo a Carcassonne.

Tenemos una hora en tren hasta llegar a nuestro destino que podemos aprovechar para saber más acerca de esta ciudad.

Carcassonne fue relevante desde la época romana (s. I dC) cuando la colina fue fortificada y convertida en centro administrativo. Posteriormente reforzada por visigodos y convertida en feudo de la Corona de Aragón, se la reconoce especialmente por su papel en la cruzada contra los albiguenses. Los albiguenses, también conocidos como cátaros, tenían una doctrina maniqueísta basada en el Nuevo Testamento que sólo contemplaba dos principios supremos, siendo el Bien quien crea espíritus y el Mal el mundo material. Rechazaban el matrimonio, propugnaban la salvación a través del conocimiento (y no de la fe) y planteaban una dualidad contraria al Todopoderoso. Por estos motivos, además del miedo por la proximidad de los cátaros a la monarquía, el Papa Inocencio III inició una cruzada contra ellos que terminó en un conflicto que se extendió del siglo XII al XIV. Poco a poco la cruzada fue reduciendo la resistencia cátara pero Carcassonne, donde la dinastía de los Trencavel había creado un batallón de seguidores, resiste como último bastión del catarismo. Tras una quincena de asedio, la ciudad también se rinde, y con ella la herejía. Contra los últimos reductos, la Iglesia crea la Inquisición que en un primer momento perseguía a cátaros.

Llegamos a Carcassonne con un poco de Historia en los bolsillos y caminamos durante media hora por la ciudad baja para llegar, tras cruzar el Ponte Vieux que atraviesa el río Aude, a vislumbrar las torres de Carcassonne reclamando el protagonismo que les corresponde.

Impresionada, me adentro en La Ciudadela atravesando la doble muralla por la puerta de Saint-Nazaire.

Como podréis imaginar, la ciudad por dentro no defrauda y es si cabe más espectacular que la vista desde el exterior. Calles empedradas, muros de mampostería, tiendas de jabones, creperías, vinotecas… Caminar por el interior de la ciudad es una delicia y ni el día gris que me acompaña ha podido enturbiar sus encantadoras placitas.

Después de una primera toma de contacto con la ciudad me decido a visitar la principal atracción de ésta: el castillo y su muralla.

El castillo de Carcasona está construido sobre una domus romana, de la que aún se conservan algunos de sus frescos originales. Desde el patio de honor se accede a una incesante sucesión de salas y torres por las que no puedo evitar sentirme admirada e imaginar que estoy en la Edad Media.

Tras visitar el castillo, he hecho un recorrido por la muralla. En primer lugar, la muralla galorrománica, situada al este del castillo, increíble pero cómoda de andar y que me ofrece algunas vistas únicas de la Ciudadela, la ciudad baja y la propia muralla.

A continuación, visito la muralla medieval que está al oeste del castillo. Esta parte de la muralla me parece más espectacular aún y tiene algunas de mis vistas favoritas en el día de hoy pero también sus escaleras se encrespan y termino el recorrido exhausta (y con agujetas aseguradas para mañana).

Y por último se merece una mención especial la Iglesia de Saint-Nazaire. En ella concluye la visita a la muralla medieval y, desde cualquier ángulo a medida que me voy acercando, resulta un deleite.

Por suerte, ya que estaban a punto de cerrar, he podido entrar a echar un vistazo y me han dejado estar allí a solas durante unos minutos. El altar repleto de preciosas vidrieras me ha dejado absorta durante un rato y, cuando me he recuperado, he vuelto a extasiarme con el rosetón.

Y este ha sido mi broche de oro a la ruta por Carcassonne aunque no he perdido ocasión de probar algunas delicias de esta región de Francia y dar un último paseo por el margen que hay entre las dos murallas de la ciudad, os dejo la última foto para que empaticéis con la tristeza de irme de esta maravilla hecha ciudad.

Toulouse, la ciudad rosa de Occitania.

Os propongo esta vez acompañarme en una pequeña ruta de otoño por la región de Occitania, en el sur de Francia. Empezamos con Toulouse, la capital, que es la tercera en demografía de Francia y es llamada la ciudad rosa por la proliferación de edificios de ladrillo caravista.

La navette que me trae desde el aeropuerto me deja en la estación de Matabiau, la principal de la ciudad y desde donde mañana empezará una nueva aventura. Breve paso por el alojamiento para dejar la maleta y empezamos a caminar por esta ciudad que desprende encanto desde el primer minuto. Ya desde el autobús he podido vislumbrar la torre de la Basílica de San Sernin y me ha dado la impresión que iba a merecer la pena así que mi primera parada es en esta maravilla románica (s. XII) cuya torre se puede ver desde las calles aledañas marcádome el camino.

Más que recomendable asomarse al interior para respirar el ambiente de paz, rota por su órgano entonando alguna melodia.

Nos esperan unos días con tiempo inestable y hoy parece que el sol quiere asomar tímidamente así que me dirijo al Jardin Japonais de Pierre Baudis para disfrutar de este rincón de armonía y serenidad ubicado muy cerca del centro de la ciudad. Baudis era un enamorado de la cultura japonesa y realizó varios viajes a Japón para aprender acerca de sus jardines y construyó este remanso en su ciudad natal.

Al entrar en el jardín, un cartel reza «entra usted en el Jardín Japonés, un lugar propicio para la calma y la serenidad». No podría haberlo definido mejor.

Seguimos nuestra ruta por las calles de Toulouse, que como os decía derrochan encanto plagadas de pastelerías y panaderías, librerías, cafés pintorescos, tiendas de alimentación y de jolies souvenirs como dicen aquí, para dar con la plaza principal de la cuidad y su impresionante Capitolio. Una plaza llena de vida en la que no he podido evitar quedarme unos minutos a saborear el ambiente.

Y mi camino continúa para llegar hasta la iglesia de La Dorada y descubrir que está en plena reforma y no se ve absolutamente nada. Lejos de desanimarme, la vista del río Garona ha captado toda mi atención y me ha regalado las vistas más bonitas del día al atardecer.

El puente que atraviesa el río es el Ponte-Neuf, una construcción del siglo XVI muy característica por su diseño pensado para soportar las crecidas del río (que ya se había llevado otros puentes previamente). Ha sido declarada la construcción más estable para honra de la cuidad.

Con el corazón desbocado por las vistas del río, aún tengo pendiente una última misión por hoy y es visitar el Convento de los Jacobinos, ubicado en el centro de la ciudad. El exterior del edificio es fascinante, del siglo XIII, y totalmente construido en ladrillo rojo. Pero decido entrar pues aquí reposan los restos de Santo Tomás de Aquino.

A veces se toman buenas decisiones. El interior es simplemente mágico. Se accede por el refectorio, una enorme nave dividida en dos por una altísima arcada que nos obliga a mirar al cielo para verla terminar. Las bellísimas vidrieras de colores, contrastan con la nave, oscura y con un silencio sepulcral. Por si esto fuera poco, el artista conceptual Sarkis diseñó un espectáculo de luces de neón en el interior, enamorado de este lugar tanto como me he enamorado yo hoy. El resultado es increíble.

Pasamos al patio, en el que los cipreses y los arcos del claustro dan un toque diferente al ladrillo rojo del edificio. El silencio sigue reinando en este lugar.

Ya sabéis lo que me gusta quedarme con pequeños rincones del mundo para llevarlos siempre conmigo, sin duda de Toulouse me llevaré las vistas del río y las sensaciones del convento

No me quedan fuerzas para mucho más que tomar algo para calmar mi estómago y llegar a mi alojamiento a rastras para descansar y mañana volver con más.

La joya de la costa dálmata: Dubrovnik

Llego a la última parada de mi ruta por los Balcanes, a la que llaman la joya de la costa dálmata, Desembarco del Rey, Ragusa o, simplemente, Dubrovnik. En un primer contacto, me desagradan las infinitas escaleras que hay por toda la ciudad y la aglomeración de turistas, por no mencionar el calor, húmedo y asfixiante. Pero decido darle una segunda oportunidad y empiezo a caminar por sus calles, revestidas de mármol, repletas de edificios hermosos y rincones que resultan mágicos. Y vuelve a ocurrir, por última vez en este viaje, que poco a poco me voy quedando prendada de la cuidad.

El centro histórico de Dubrovnik es una ciudad medieval al pie del mar Adriático que se cierra gracias a una magnífica muralla del siglo XII, construida para proteger la ciudad, que se conserva intacta bordeando todo el perímetro del centro histórico.

Y dada la irregularidad del terreno, para construir la ciudad de Dubrovnik al lado del mar, teniendo en cuenta que la separa de Herzegovina un monte, es como si la ciudad en realidad cayera sobre el mar en cascada, siendo necesarias muchísimas escaleras que la convierten en agotadora, aunque también es esto lo que consigue hacerla un lugar tan especial.

La vista desde arriba de cualquiera de sus encrespadas escaleras es un deleite. Una vez bajo, encuentro la calle principal que es Stradun, siempre plagada de gente y donde podemos encontrar desde souvenirs hasta bares, restaurantes, agencias que ofrecen tours…y edificios preciosos que siempre carecen de balcones.

Muy cerca de Stradun podemos ver algunas de las maravillas que tiene esta cuidad como el Palacio del Rector, el Palacio Sponza (que los locales me han dicho que lo pronuncio muy croata jaja) y la catedral.

A mediodía, después de recorrer a pie las calles de la cuidad maravillándome con cada rincón, me he aventurado a subir a su muralla para recorrerla y poder observar desde la altura la belleza de sus tejados rojos barrocos, mandatorio del gobierno local que no permite construir en otro color para no estropear la homogeneidad. A pesar de que el sol caía implacable a esa hora, he disfrutado mucho el paseo y las vistas.

Exhausta del paseo, me siento a comer en una terraza mirando al Adriático, mi aventura está próxima al final y tengo que aprovechar al máximo las vistas del mar para llevármelas conmigo. Alcanzo el puerto nuevo a media tarde para empezar mi tour de Juego de Tronos. La aventura comienza surcando el mar desde el puerto nuevo al puerto viejo en el barco de Daenerys al ritmo de la banda sonora de la serie, no me avergüenza reconocer que soy una auténtica friki y estoy emocionadísima.

Llegamos al puerto y empieza el tour caminando por la cuidad para recorrer cada una de las escenas que han sido rodadas en Dubrovnik. No puedo dejar de compartir mi emoción al revivir el paseo de la vergüenza de Cercei, la batalla de AguasNegras, algún escenario de Qarth, las escaleras del Septo de Baelor…y como colofón puedo hacerme una foto en el Trono de Hierro.

Un poquito de descanso y disfrutar el ambiente de la noche en Dubrovnik y ultimamos esta aventura visitando la isla que se encuentra enfrente de Dubrovnik, la isla de Lokrum, una reserva natural llena de pinos y donde podemos ver pavos reales a montones que se mezclan con los turistas sin ningún reparo. Ojo que, según una antigua leyenda en Dubrovnik, si alguien saca de la isla una sola pluma de pavos reales, la mala suerte le acompañará. Y por supuesto desde la isla también puedo despedirme de él, el mar, mi mar Adriático, que no es casualidad que la última mención que haga en este viaje sea para él.

Y así termina esta aventura, con cierta tristeza pero también con ganas de retomar mi vida y ver a los míos que no se han perdido ni una sola batalla de mi #balcansroute. Si el año pasado mi aventura en solitario fue gratificante, este año me he superado a mí misma, a veces llevándome al límite, pero con orgullo puedo decir que lo conseguí. Los contratiempos y momentos difíciles poco a poco se convertirán en anécdotas que contar entre risas. Yo prefiero quedarme con el encanto de Zagreb, con los paisajes de ensueño de Eslovenia, con las calles de Liubliana, el azul turquesa de los Lagos de Plitvice, del río Neretva y del Adriático, con los atardeceres de Zadar, las vistas increíbles de mi Split, los contrastes de Bosnia y la magia de Dubrovnik. Me quedo con las lecciones de espeleología en Postojna, las de geología en las islas de la costa, las de historia en Sarajevo y las de leyendas en Dubrovnik. Y me quedo con toda la gente amable que me he encontrado, que me ha hecho mucho más fácil la aventura y me ha dado algunas de las mejores lecciones que me llevo de este viaje. Y vuelvo a casa feliz, sabiendo que todo eso viene conmigo en la mochila y que se quedará ahí, para siempre.

Los contrastes de Bosnia

Dejo Croacia y su costa por un rato para hacer una pequeña escapada a Bosnia-Herzegovina.

En primer lugar me dirijo hacia el turístico Mostar, muy cerca de la frontera con Croacia. La mala suerte es que la carretera principal está en obras y he tenido que desviarme para ir por los pueblos de Bosnia, toda una experiencia. Cuando llego a Mostar, me reciben nada menos que 44 grados pero aún así emprendo camino hacia el Stari Most, el puente que da nombre a la ciudad. El puente fue bombardeado por los croatas durante la Guerra de los Balcanes (9 de noviembre de 1993) y se convirtió en uno de los símbolos del conflicto ya que el puente había sido quien unificaba la cultura de los católicos del oeste con los musulmanes del este de la ciudad.

Cuando llegó la paz, además de juzgar como un crimen de guerra más la destrucción de este emblemático puente, la Unesco inició su reconstrucción y el nuevo puente fue inaugurado en 2004.

Alrededor del puente hay un sinfín de puestos, tiendas, cafés, bares, sisherías…donde poder encontrar curiosidades, tanto con un aire árabe como con un espíritu bizantino, en función del lado del río en el que te encuentres. Me ha parecido especialmente interesante está piedra y su mensaje.

Me dirijo también a la Mezquita Karadjoz-Bey, que es la única que se puede visitar e incluso subir al minarete desde donde, 99 escalones después, se observan las vistas de toda la ciudad y se hace aun más evidente el encuentro de culturas (al otro lado del Neretva, torres de iglesias católicas, en el lado donde estoy subida al minarete, mezquitas).

Un último paseo por el bazar de Mostar para comprar algún recuerdo y seguimos camino.

De Mostar a Sarajevo voy por una de las carreteras más bonitas que os podáis imaginar, cuando ya creía que había llegado a verlo todo en este viaje, en lo que a carreteras bonitas se refiere. Un paisaje increíble entre las montañas de los Alpes Dinariques siguiendo el río Neretva con sus aguas turquesas y cristalinas.

Y llego a Sarajevo a primera hora de la tarde y la primera impresión es de una ciudad especial, arropada por montes, en la que aparentemente todo es normal. He empezado a caminar y, a cada paso, descubría el encanto de Sarajevo. Una ciudad que en el oeste es musulmana, influencia del dominio ejercido por el imperio otomano del siglo XV al siglo XIX, mientras que el este es occidental, influencia del imperio austrohúngaro que ostentó el dominio de Sarajevo hasta el fin de la IGM.

En el barrio otomano, desde mi punto de vista el más encantador, hay una gran concentración de mezquitas que decoran con sus minaretes el cielo de Sarajevo, además podemos encontrar un hamam turco y el gran bazar en el que encontrar curiosidades y ver a los artesanos del cobre trabajando. Al atardecer, podemos asistir a la llamada a la oración.

En el barrio austrohúngaro, en cambio, encuentro calles amplias y comerciales con edificios pastel que recuerdan al Madrid de los Austrias. Aunque también cuenta con bellezas como la Catedral de Sarajevo.

Pruebo el burek, tradicional pastel relleno de carne, y puedo darme por satisfecha en esta primera toma de contacto con la ciudad.

A la mañana siguente, tengo un tour llamado La caída de Yugoslavia, a cargo de Meet Bosnia (os lo recomiendo si visitáis la cuidad), que me lleva por los lugares símbolo de la Guerra de los Balcanes.

El fin de la IGM da lugar a la creación del estado de Yugoslavia que aúna a eslovenos, croatas, serbios y bosnios, cuatro países con diferentes ideosincrasias que no tardan en generar tensiones. En 1992 las tensiones llegan a su punto álgido y, cuando Bosnia declara su independencia tras un referéndum entre su población, todo estalla por los aires. El ejército serbio, mucho más preparado que el bosnio puesto que la mayor parte de los soldados del antiguo ejército yugoslavo eran serbios, consigue avanzar en Bosnia y apostarse en los montes que rodean Sarajevo, iniciándose así el mayor asedio a una ciudad de la Historia, llevado a cabo desde lugares como éste en el Monte Trebevic.

1425 días de asedio a una ciudad de civiles que, para más escarnio, habían aprendido a vivir durante siglos en pacífica convivencia entre cristianos, ortodoxos, judíos y musulmanes. Bombardeos y tiroteos fueron el día a día de esta ciudad durante todos los días del asedio, causando graves daños en la infraestructura de la ciudad y más de 11.000 muertes de civiles. He podido visitar los cementerios de guerra (donde también conviven tumbas de todas las religiones) y escuchar algunas historias que han conseguido encogerme el corazón.

En la mayor parte de los edificios aún se conservan los impactos de balas y, aunque la mayoría de ellos han sido reconstruidos gracias a la ayuda de otros países (uno de los que más ayudó fue el gobierno español, lo cual me ha hecho sentir muy orgullosa), otros aún se conservan devastados.

Por toda la ciudad encuentro las rosas de Sarajevo, marcas en el suelo que simbolizan los lugares donde impactaron bombas llevándose la vida de varias personas, daba igual de qué ideología.

También hemos visitado el túnel Spasa (llamado también túnel de la esperanza), que fue construido durante la guerra en secreto como única vía para conectar la ciudad con el resto del mundo sin tener que atravesar la barrera serbia. Durante meses, el túnel sirvió para abastecer la ciudad y para que algunos civiles pudieran escapar del asedio.

Y así termina mi visita a Sarajevo, con una enorme tristeza en el corazón y el deseo de que su historia sirva de aprendizaje para que algo así no vuelva a repetirse jamás. Gracias a su fortaleza, Sarajevo ha sabido reponerse y hoy en día es una ciudad europea, con gran ambiente en sus calles y con unas vistas increíbles desde cualquiera de los montes que la rodean que no me permiten olvidar, ya que en todas las colinas hay cementerios de guerra, pero si llevarme un recuerdo amable de una cuidad que poco a poco me ha ido conquistando.

Y abandono Bosnia encantada de haber podido conocer un poco este país y sus contrastes culturales. De vuelta a Croacia, me voy a Desembarco del Rey o, lo que es lo mismo, Dubrovnik. Aviso a navegantes: seré muy pesada con Juego de Tronos 🙂

Las islas de la costa dálmata de Croacia

Y como ya os anticipaba ayer, hoy me he ido a la conquista del Adriático y sus islas en una lancha a motor, que ha resultado ser toda una experiencia.

El tour ha empezado muy pronto por la mañana para llegar lo antes posible, después de hora y media de camino en la lancha, a la isla de Bisevo, donde se encuentra la Gruta Azul. Las olas del mar han erosionado la piedra volcánica de la que están compuestas las islas creando una cueva con muy poco acceso al exterior salvo por un agujero por debajo del nivel del mar que permite el paso de la luz natural dejando así este espectáculo natural.

Mis miedos eran fundados pues el espacio en la cueva es justo, de hecho hay que ir en un bote pequeño y también agachar la cabeza para poder entrar. Pero ni que decir tiene que me alegro de haber podido ver esta maravilla.

Todas las islas de este área están repletas de cuevas impresionantes que dejan unos paisajes agrestes y hermosos a pie del mar color azul celeste.

Y tras una ruta por las cuevas nos dirigimos a la isla de Vis y su particular centro histórico, Komisca, que es un antiquísimo pueblito de pescadores.

Tras visitar la isla de Vis, llega el momento del primer baño en el Adriático y para ello nos dirigimos a la isla de Budikovac, donde las aguas son especialmente transparentes (lo cual es una suerte para poder esquivar los erizos) con una playa de arena, otra de cantos rodados y una zona de rocas, mi preferida, que es mejor no explorarla si no se llevan escarpines.

Por último, visitamos la isla de Hvar, la más grande de la zona. Es un pueblo precioso con secuelas del paso del imperio romano por ella, como el teatro romano más antiguo del mundo conservado en ella. También he podido darme otro chapuzón para aliviar el calor en ella.

Y de vuelta a tierra firme, de nuevo mi Split, regalándole esta vista de la ciudad según nos acercábamos al puerto. Soy afortunada por poder dar un último paseo por ella al atardecer como despedida.

Y mañana abandono la costa por un rato para meterme de lleno en la Historia, con Bosnia-Herzegovina como protagonista. Allí os espero!

Explorando la costa de #Croacia: Zadar, Trogir y Split

Y después de un par de días de invierno, llego a la costa de Croacia y vuelve el verano.

Mención especial quiero hacer a la carretera que va desde Plitvice a Zadar, mi primer destino en la costa. Una carretera de ensueño rodeada de montes verdes escondidos entre la niebla y plagada de puestecitos de madera donde venden queso y miel. Abandono esta carretera cruzando un túnel enorme que atraviesa uno de los montes dando a parar al otro lado, a unos 1000 metros sobre el nivel del mar. El viento azota los coches que salimos del túnel como si fueran banderas ondeando, por lo que hay que conducir con mucho cuidado pero es una experiencia increíble.

Llego a Zadar al mediodía y mi primera impresión es de ser el típico pueblo costero pero Zadar es mucho más que eso. El casco histórico, amurallado en casi todo su perímetro, y digo casi porque el mar ejerce de muralla natural y justo donde el pueblo linda con el mar la muralla se desvanece, es un pueblo encantador por el que es una maravilla pasear.

El centro del casco histórico aún conserva las ruinas romanas del foro ubicado en él y, sobre éstas, San Donato se erige impertérrito al paso de los siglos (iglesia del siglo IX).

Y además está él, el mar, que rodea este saliente de tierra que es el centro histórico de Zadar y nos deja unos atardeceres increíbles con la banda sonora a cargo del Órgano del mar, una estructura arquitectónica construida para que, según entra la marea, toque notas diferentes cada vez entonando una melodia mágica. Cuando termina de caer la luz, el Saludo al Sol armoniza el paseo encendiendo sus luces al ritmo del Órgano.

Al día siguiente pongo rumbo a Trogir y elijo la ruta más larga para poder ir por la costa pues la mezcla que ofrece Croacia de naturaleza verde, muy verde, junto al azul del mar Adriático, muy azul, me tiene atrapada. El camino es tan alucinante como intuía y además me obsequia con el regalo del mirador Gospa od Puta que se encuentra junto a la carretera.

Y llego a Trogir para sorprenderme con un pueblito medieval pegando al mar que, a golpe de vista, es una auténtica maravilla.

Me adentro en él para perderme por sus callejuelas empedradas llenas de tiendas y bares para dar con la Plaza Juan Pablo II, donde se encuentran la iglesia de San Salvador, el palacio Cipico.

También es digna de destacar la antigua fortaleza que, a día de hoy, no se utiliza salvo para eventos culturales y atracción turística (se puede subir a la torre) pero que perfila el paseo marítimo del centro histórico.

Pero el encanto de Trogir no es visitar monumentos sino caminar por sus callecitas y dejarse enamorar por su ambiente medieval mientras nos acaricia la brisa del mar y olemos a pescado recién hecho. Dicen que es la Venecia sin canales de Croacia, yo no me atrevo a tanto pero bien es cierto que caminando por sus callejuelas me he perdido igual que en Venecia así que algo de credibilidad hay que dar al comentario.

Y finalmente me dirijo a Split, que se ha convertido en la gran sorpresa de mi ruta por los Balcanes y en mi rincón en Croacia. La ciudad, antiguamente conocida como Spalato, es una joya arquitectónica que alberga las ruinas del palacio construido por el emperador romano Diocleciano (siglo II dC) pero perfectamente integradas con las construcciones de otras épocas, por ejemplo la Catedral de San Duje (s VIII y el campanario del s XIII), inmersa dentro de la muralla del antiguo palacio.

De nuevo, no os puedo transmitir con imágenes lo que se siente al pasear por esta maravilla hecha ciudad. He empezado a andar por sus calles y, cuando he querido darme cuenta, llevaba más de 20 minutos con la boca abierta.

Split es una ciudad con mucha historia, de esas que me encantan, pues ha pasado de ser un enclave relevante del imperio romano a estar dominada por los húngaros primero y después por Venecia, salvada de ser invadida por el imperio otomano, bajo dominio de Austria y finalmente se convirtió en el Puerto principal de Yugoslavia y ejerció resistencia a una invasión italiana durante la IIGM pero la llegada de los fascistas a la ciudad dañó parte de la cuidad antigua. Sólo algunas pinceladas para que os envuelva un poco del ambiente que respira este pueblo tan encantador

Cada esquina, cada calle y cada plaza son un deleite, siempre adornadas por los muros del palacio y por el mar, que asoma tímidamente entre las piedras y los arcos.

Completamente enamorada de Split, inicio la subida la monte Marjan. Este monte es el símbolo de la ciudad y me han asegurado que hay unas vistas increíbles de mi ciudad 🙂

Más les vale que sea cierto porque la subida es un horror y llego a la cima del monte exhausta para volver a enamorarme, esta vez del Adriático.

Un poquito más abajo me esperan las vistas de Split al completo, os lo presto por un ratito.

Y termino mi día viendo atardecer desde el parque del antiguo cementerio conmemorativo a los caídos en la IIGM, que está justo encima del puerto para poder ubicar dónde empieza mi aventura de mañana, pues nos vamos a conquistar también el Adriático.

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Una jarra bien fría de cerveza croata mientras veo como la luz termina de abandonar Split dando paso al jolgorio, la música en la calle, las terrazas y las luces. Hoy, además, me he ganado una cena en un rincón fetiche de Split para recrearme con las vistas y recuperar energías.

Os traigo el azul profundo de las aguas de Plitvice.

Una vez dejado atrás Eslovenia, llego a dormir a Plitvice. La predicción del tiempo de nuevo no es muy buena pero aún tengo la ilusión intacta por ver el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice.

El día amanece completamente gris, encapotado, con niebla, viento racheado, 9 grados de temperatura y lluvia incesante. Hasta me he llegado a plantear saltarme la visita pero reúno todo el arrojo que soy capaz y me lanzo a la aventura.

Tras una caminata de unos 15 minutos entre arboledas, llego a la parada del shuttle eléctrico que me llevará a la entrada donde empieza la ruta de 4 kilómetros por los lagos que están más bajos. El shuttle deja en la parte más alta y, para visitar los lagos, hay que ir bajando. Llevo andando poco más de medio kilómetro y, de repente, el frío, la lluvia, ir empapada, el barro que acumulan mis zapatillas e incluso el cansancio, todo se queda en un segundo plano y siento que ha merecido la pena.

A medida que voy descendiendo, aún mejora más puesto que empiezo a ver (y escuchar) las cascadas de las que están plagados los lagos.

Y las cascadas llegan a su máximo exponente con la Gran Cascada, impresionante.

La mayor parte del trayecto se hace encima de una pasarela de madera que facilita el camino (y en un día como hoy, además, evita los charcos) y lo más increíble de todo es que esta pasarela también atraviesa el lago, de tal forma que vas andando justo encima del agua. Todo un espectáculo.

Y yo siempre tengo que elegir un sitio favorito en todas partes, ya lo sabéis. Bien, os presento mi lugar favorito en Plitvice.

Ha sido un rato complicado por las circunstancias pero me siento emocionada por haber podido verlo, con el convencimiento de que volveré con mejor tiempo y más tranquila y con la satisfacción de que, a pesar de todo, lo logré!

Nos vamos a la costa de Croacia y con ello parece que vuelve el verano así que mañana mismo me tendréis quejándome del calor 🙂

Los paisajes de Eslovenia

No me equivocaba tanto, ni yo ni la predicción del tiempo. Y efectivamente después de planear este viaje para conquistar los Balcanes llego a Eslovenia y ella me ha conquistado a mí. No había cruzado aún la frontera y ya vislumbraba los paisajes de montes verdes que me han acompañado durante todo el día. Y claro, unos paisajes así solo son posibles con un nivel alto de precipitaciones así que la lluvia también me ha acompañado durante todo el día, lo cual resulta siempre algo más incómodo pero ha merecido la pena igualmente.

En primer lugar me dirijo a Bled, en el norte, para visitar el lago que, dicen, es la joya de Eslovenia. No se equivocan. He rodeado el lago maravillada, primero con el coche y, una vez conseguida la tarea nada fácil de aparcar, a pie. Sólo pensaba estar un rato para hacer el check pero me hubiera quedado todo el día allí contemplandolo y, si hubiera hecho un día soleado, no me habría sacado nadie de allí. Hay rutas en barco para visitar el islote, alquiler de bicis, lugares para tomar el sol, bares y restaurantes.

Como siempre os digo, intento hacerlo lo mejor posible con las fotos pero os aseguro que no hacen justicia a la belleza de este lugar.

Antes de que la tormenta se desatara, he podido hacer una ruta andando de unos 8 km y después, como recompensa, tomar un trozo de tarta de crema, que después he sabido que es típica de Eslovenia, con un café a pie del lago.

El ambiente alrededor del lago cuando he llegado era muy animado con gente tomando el sol, practicando algún deporte o bebiendo algo en alguna terraza. Ha cambiado de forma radical en cuanto ha empezado a llover y, gracias a que todo el mundo ha corrido a refugiarse de la lluvia, yo he podido disfrutar de un último paseo en paz a solas con mi lago. Las sensaciones han sido increíbles y ya están a buen recaudo en mi mochila, esas me las llevo.

Y seguimos camino para alcanzar a mediodía Liubliana, la capital de Eslovenia. Aquí la lluvia no me ha dado ni un respiro así que he disfrutado algo menos la ciudad por ello pero Liubliana es un lugar con mucho encanto atravesada por el río Liublianica que le da un aire señorial a una ciudad de edificios pastel y calles peatonales anchas en todo su casco histórico.

Mi ruta por la cuidad empieza en la plaza Presernov, muy bonita y particular gracias a la pincelada colorista que pone el tono rojo de la Iglesia de la Asunción.

Paseando por las calles de Liubliana he conseguido dar con el Barrio Mételkova. Este histórico barrio eran los barracones del ejército austrohúngaro y, posteriormente, del yugoslavo. El movimiento cultural para la paz, que nació en 1991, ocupó este lugar y con la colaboración de artistas han transformado el lugar en un área de interés, no sólo para turistas pues asociaciones LGTB, ONGs y artistas tienen allí su sede.

De vuelta hacia el centro he ido hasta el funicular, pasando por el Puente de los Dragones, que sube hasta el Castillo de Liubliana. Un funicular muy moderno de cristal permite contemplar las vistas mientras asciende.

La visita al castillo sorprende pues está decorado muy moderno por dentro siendo un edificio del siglo XII. Alberga exposiciones de fotografía y una sobre la historia de los dragones, que es uno de los símbolos de Liubliana (de hecho, por toda la ciudad se pueden encontrar tiendas en las que venden dragones de peluche, de madera o cerámica). Y las vistas desde la torre permiten observar toda la ciudad, aunque en mi opinión desmerece un poco con la lluvia.

Las últimas horas de la tarde las he apurado paseando por las calles del centro y dándome cuenta que se trata de una ciudad con un encanto increíble. Todas las calles derrochan encanto y alegría partes iguales, es una ciudad amable que me ha encantado pasear y que, si el cansancio y el tiempo me lo hubieran permitido, no me hartaría nunca de hacerlo.

También he tenido ocasión de probar las salchichas eslovenas, que me han sorprendido gratamente, y una sopa típica de aquí con verduras y pasta hecha de garbanzos, una mezcla peculiar que ha cumplido su propósito de templar me el cuerpo. Me he ganado un descanso y mañana seguimos en Eslovenia con más paisajes y más aventuras, también me temo que con más lluvia.

De nuevo no me equivocaba y la siguiente jornada en Eslovenia ha estado pasada por agua aunque la excursión ha merecido la pena. Empieza el día con la visita a las Cuevas de Postojna, tras la correspondiente cola para sacar las entradas (se pueden sacar por Internet, no hagáis como yo). La cueva que vamos a visitar es una de las más grandes del mundo, una galería de cuevas natural con 24 kilómetros de recorrido y unos 200 metros de profundidad que ponen de manifiesto la grandiosidad de la naturaleza que es capaz de crear, gracias a las filtraciones de la lluvia por el suelo, algo tan increíble. En el interior hay un tren que nos lleva hasta las profundidades de la cueva para empezar la visita por unas pasarelas que facilitan su exploración, aunque a ratos las pasarelas se encrespan y consiguen hacerme entrar en calor, algo de agradecer teniendo en cuenta que la temperatura dentro de la cueva baja unos 10 grados con respecto al exterior.

Me ha parecido increíble observar las formaciones de estalactitas, estalagmitas, columnas, cortinas y galerías. La visita dura aproximadamente hora y media que se ha pasado en un suspiro mientras me fascinaba con estas vistas.

La falta de luz dentro de la cueva no me ha permitido hacer muchas más fotos pero realmente creo que, en esta ocasión, es algo que difícilmente puedo trasladaros, hay que vivirlo!!

Y como amante de los animales no puedo dejar de hablar de que en la cueva habitan varias especies que fuera de ella no tienen lugar. Una de ellas es el símbolo de esta cueva de Postojna. Lo llaman human fish y, como resumen, os diré que se trata de un anfibio capaz de respirar fuera del agua, que parece una lombriz pero con dos patitas delanteras, color carne (de ahí su nombre), que no tiene ojos y puede sobrevivir hasta 12 años sin comer nada. Y si, es bastante feillo pero es una especie más que seguro hace su función en el ciclo de la vida y sin cuevas como ésta, este tipo de especies no podrían sobrevivir.

Por si hubieran sido pocas las aventuras en Eslovenia, aún me queda una más: el Castillo de Predjama, único en Europa construido en una cueva. Data del siglo XVI y tiene un enclave idílico que le garantizaba máxima seguridad.

Se pueden visitar todas las estancias, e incluso hacen una reconstrucción de la vida cotidiana de la época, y también el interior de la cueva. Las vistas desde dentro del castillo, como podéis imaginar, son una maravilla (y verdes hasta donde alcanza la vista).

Y estos fantásticos paisajes y la lluvia me han acompañado hasta que he abandonado Eslovenia, no sin tener que superar un mal rato de conducir bajo los rayos y una lluvia intensa, pues aún me quedaban muchos kilómetros para llegar a mi siguiente destino.

No he tenido mucho tiempo de saborearlo pero lo cierto es que me he maravillado con Eslovenia y sus paisajes. Volveré con más tiempo y si puede ser con mejor meteorología porque sin duda este país se ha ganado mi corazón.

Hasta la vista!