El terror de Sachsenhausen y la vida de palacios de Potsdam

A una escasa hora de Berlín, llegamos a Sachsenhausen, y ya solo las letras en la entrada que anuncian dónde estamos me pone la piel de gallina.

Os cuento algunos datos para presentar este lugar de horror y sigo con mis sensaciones. Sachsenhausen es el campo de concentración más próximo a Berlín y formaba parte de un enorme complejo de las SS. A pocos metros del recinto de los prisioneros se encontraba la sede administrativa desde la que se dirigía el sistema de campos de concentración del territorio controlado por los nazis. Desde allí se decidían hasta los detalles más cotidianos de la vida de los presos, incluida la alimentación que recibían en lugares tan alejados como Auschwitz. Se inaugura en 1936, levantado por los propios prisioneros, como uno de los grandes motores que alimentan la maquinaria de guerra nazi, con los más de de 200.000 prisioneros que pasaron por allí y que proveían al régimen a través de trabajos forzados. Tras la ampliación de 1938, Sachsenhausen llegó a contar con 68 barracones. Una zona apartada, conocida como el Kleines Lager o Pequeño Campo, fue destinada principalmente a aislar a los prisioneros judíos. Allí se encontraban los barracones 37, 38 y 39, conocidos como los Judenblocks. Sachsenhausen era un campo de concentración y trabajo forzado, no un centro de exterminio concebido principalmente para el asesinato inmediato e industrializado. Pero eso no significa que allí no se matara de forma deliberada y sistemática. Por su condición de campo modelo y centro de formación de las SS, también ocupó un lugar destacado en el desarrollo y ensayo de métodos de asesinato masivo. En 1942 se construyó la denominada Estación Z, un complejo de exterminio con crematorio y una instalación para disparar a los prisioneros en la nuca, al que un año después se añadió una cámara de gas.

Entramos al campo por la zona de Comandancia y el campamento de las tropas de las SS: sólidos edificios de hormigón destinados a los mandos y guardias, con casino, comedor propio y zona de ocio, en doloroso contraste con los precarios barracones de madera donde se hacinaban los presos que veremos después. A la zona donde estaban los prisioneros accedemos por la torre A, con un reloj encima de la puerta detenido a las 11.07, la hora en la que el ejército Rojo liberó el campo el 22 de abril de 1945. La puerta es una reja de hierro forjado con unas letras que rezan Arbeit macht frei (el trabajo os hará libres).

Una vez dentro del campo de prisioneros, la vista es devastadora. Se abre ante nuestros ojos una enorme explanada en la que podemos reconocer perfectamente el patio de revista, por donde entraban los presos, las marcas que indican dónde estaban los barracones que quedaron destruidos, vemos la enfermería al oeste, la losa donde se situaba la horca de frente a nosotros y la cárcel de máxima seguridad al este. Todo el perímetro del campo lo rodea alambre de espino, una valla electrificada y un muro de hormigón que te hacen sentir, a pesar de su inmensidad, en una trampa sin salida. Hace un día fresco y nublado, lo que nos hace sentir aún más en nuestra piel cómo debió ser la vida en un campo donde azota el frío (temperaturas de 20 grados bajo cero en invierno), con un pijama a rayas por abrigo, y entender por qué la principal causa de muerte fue la neumonía.

Visitamos el barracón 38 que se mantiene intacto, y al entrar sentimos el olor a madera y polvo, el crujir de la madera y la escasa luz. Podemos ver los retretes, la sala de baño y las literas de 3 pisos hacinadas que ejercían de dormitorio para los presos comunes.

Y por último, visitamos la Estación Z (si recordáis, la puerta de entrada de los presos era la Torre A y esta zona de operativa de exterminio se llamaba Z no aleatoriamente sino porque representaba el final del camino). Por respeto, prefiero no mostrar imágenes de este área, pero si hacer referencia al escalofrío que te recorre el cuerpo al ver el paredón, las salas destinadas a los mecanismos de tiro en la nuca, la cámara de gas y los crematorios, además de situar dónde se encontraban las montañas de cenizas humanas (ahora enterradas en columbarios comunes repartidos por toda la Estación Z). Una pequeña anécdota que nos ocurrió fue que, estando justo en esta zona del horror, el gobierno alemán decide realizar una prueba enviando una notificación de alarma a todos los móviles de quienes se encuentren en Alemania y, de repente, en los móviles de todo el grupo empieza a sonar una alarma a todo volumen. Micro infarto en Saschenhausen. Y salimos de allí con el cuerpo removido y las lágrimas a punto de salir pero convencida de que es necesario atravesar la incomodidad de visitar un lugar así al menos una vez en la vida para asegurarnos transmitir él horror ocurrido allí, que forma parte de la degradación más absoluta de la Humanidad y, por tanto, de nuestra Historia.

En memoria de las víctimas del campo de concentración de Sachsenhausen 1936-1945

Una vez fuera de Sachsenhausen, nos dirigimos a Potsdam, un lugar Patrimonio de la Humanidad por su belleza y segunda residencia de los reyes prusianos, una visita mucho más amable para equilibrar el día. Visitamos el palacio y los jardines de Sanssouci, residencia de verano de la monarquía prusiana pero especialmente de Federico II el Grande, enamorado de Potsdam, un rey peculiar, escéptico en materia religiosa y probablemente homosexual, apasionado de la música —tocaba la flauta y componía—, que abrió los jardines de palacio al pueblo e impulsó el cultivo de la patata para combatir el hambre. Pidió ser enterrado allí, sin grandes ceremonias y junto a sus queridos galgos; por eso hoy los visitantes dejan patatas sobre su tumba.

Tras las vistas palaciegas, Potsdam consigue darnos algo de paz y color a un día gris. Recorremos la calle principal del centro histórico Brandenburger Straße, desde su propia puerta de Brandeburgo hasta la iglesia de San Pedro y San Pablo, una calle bellísima y llena de vida, de cafés, restaurantes, tiendas, para luego adentrarnos en su Barrio Holandés. Este barrio fue construido por orden del rey que pretendía atraer a artesanos y técnicos holandeses, expertos en canalización y construcción sobre terrenos pantanosos, para contribuir a la modernización de Potsdam y Berlín.

Y regresamos a Berlín teniéndonos que bajar del autobús y llegar al centro andando porque el presidente de los Emiratos Árabes ha decidido visitar también Berlín y está todo cortado. Un par de kilómetros extras para nuestras cansadas piernas pero que nos permite ver de cerca el Tiergarten y la Columna de la Victoria.

Y terminamos el día dando un paseo por Kreuzberg, el barrio turco, que no nos resulta tan idílico como esperábamos aunque tenemos una agradable cena de comida tradicional turca en Hazir.

Mañana, de vuelta en Berlín, tendremos día centrado en el Muro, la Guerra Fría.

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