Ha costado un poquito poner en orden dentro de mí tras la debacle. No fue solo perder uno de los pilares de mi vida, también fue perder mi referencia, entender lo efímera e injusta que es la vida a veces y también entender que había estado viviendo en piloto automático durante demasiado tiempo. Es decir, no fue una debacle sino una sacudida profunda que me ha hecho revisar mi vida entera al entender que la vida es una y es mía. Y no me apetece vivirla si no es como yo quiero.
Le prometí que volvería a encontrar la ilusión para seguir nuestro viaje cuando estuviera preparada y la vuelta tenía que ser por todo lo alto. Él siempre hablaba de un viaje a Alemania que le cambió por dentro y era de los pocos grandes países que me faltaba conocer de Europa. Allá voy, Berlín.
Ávida de Historia, aterrizo en Flughafen BER. Si, Berlín fue la elegida, además de lo ya mencionado, porque me encanta la Historia, especialmente la contemporánea, y no sé si hay otra ciudad en la que confluya más historia del siglo XX que Berlín. Un poquito de contexto, como a mí me gusta. Berlín, donde surgió un movimiento nacional-socialista con ínfulas imperialistas que pondría al mundo en jaque. Berlín, que vio cómo el líder de ese movimiento, Adolf Hitler, ganaba unas elecciones convirtiéndose así en canciller de Alemania. Berlín, desde donde se gestó el mayor genocidio de la Humanidad y se planificaron todos los elementos que componían la maquinaria del terror y el exterminio nazis. Berlín, donde el führer tomó la decisión de invadir Polonia marcando así el inicio de la II Guerra Mundial. También Berlín, donde se libró la última batalla de esa guerra y muy cerquita de Berlín, en Postdam, donde se firmó el acuerdo en el que Unión Soviética, Estados Unidos, Reino Unido y Francia se repartían el mundo en 1945. No está mal para empezar a engancharme con esta ciudad…
Pero además, fue el reparto de Berlín entre soviéticos y Aliados tras las IIGM el que tensó la situación entre los dos grandes bloques en una Guerra Fría que mantuvo al mundo en una incertidumbre terrible durante 41 años. Fue en Berlín donde Stalin decidió construir un muro que dividía la ciudad en 2 para evitar el éxodo de ciudadanos de la RDA hacia la RFA y también fue en Berlín, donde estaba el CheckPoint Charlie, uno de los pasos fronterizos del Muro en pleno centro de la ciudad, donde se produjo una de las crisis más álgidas de la Guerra Fría en la que, durante 12 días, los tanques soviéticos y los tanques aliados estuvieron enfrentados en tensión máxima, un solo error y la Historia y el mundo que conocemos hoy habrían sido otros. El mundo entero miraba a Berlín durante más de 50 años con el aliento contenido y yo quería pisar los lugares donde ocurrió todo eso.
No podía ser de otra forma que mi primer contacto con Berlín sea en la Puerta de Brandenburgo, una impresionante puerta que se ha convertido en símbolo de lucha para todos los berlineses.

Y como esta ciudad no quiere olvidar y se ha reconstituido alrededor de sus heridas convirtiéndolas en memoria, nuestra siguiente parada es el Memorial al Holocausto Judío situado en el centro de la ciudad, muy cerca del Reichstag y de la puerta de Brandeburgo. Este memorial fue construido en 2005 por Peter Eisenman. Son 2.711 bloques de hormigón desiguales, llamados estelas, situados sobre un suelo también desigual. La intención era que, al recorrerlo, se experimentara la sensación de desorientación, aislamiento e inquietud como la que debieron sentir aquellas personas. La vista desde la parte de arriba, mirando hacia el Tiergarten, es absolutamente impresionante.

Seguimos nuestro paseo por Berlín yendo a uno de esos lugares que mantuvo al mundo sin respiración, el Checkpoint Charlie. Solo un puesto fronterizo reconstruido nos recuerda lo que allí ocurrió, por lo demás es una zona comercial, llena de vida y con el doble adoquín dibujando en el suelo el lugar por donde pasaba el Muro.

Y continuamos nuestro paseo recorriendo la plaza de la Gendarmería, la isla de los museos y, aunque Berlín es una belleza que merecería detenerme en cada punto, me quiero detener por un segundo en Bebelplatz. En esta plaza se realizó la gran quema de libros por los nazis en 1933 (20.000 ejemplares considerados «antialemanes»). En el centro de la plaza, el artista Micha Ullman representó en el subsuelo una biblioteca vacía con estanterías blancas para esos libros que ya no existen, con un cristal a ras del suelo a. través del que se puede ver la biblioteca fantasma. A su lado, una placa con una frase profética de Heinrich Heine escrita más de un siglo antes del Holocausto: «Allí donde se queman libros, se acaba también quemando personas».

Para terminar el paseo del primer día de toma de contacto, nos acercamos al barrio judío y descubrimos un lugar encantador, lleno de vida, terrazas, música y sus nueve patios que son una auténtica delicia. Estos patios pueden haberse convertido en uno de mis lugares favoritos de Berlín y, al cruzar uno de ellos, mi mente se va automáticamente a la vida de cuento del principio de «La vida es bella» y puedo ver a Guido llegando con su bici «Buenos días, princesa!».


Y aquí Berlín da otro giro inesperado. En el último patio del barrio judío, descubro Haus Schwarzenberg, un lugar alternativo lleno de arte urbano, graffitis y pegatinas, frases rebeldes, puestos callejeros, tiendas de arte vanguardista…


De repente la ciudad de la Historia, la de los nazis y el Muro, va ganando personalidad delante de mis ojos, cambiando en cada esquina en unos contrastes tan brutales que no puedo hacer nada más que dejarme enamorar. Nos vamos a cenar a Kantstrase, una avenida enorme plagada de restaurantes asiáticos de todo tipo. Y me voy a dormir ya el primer día con ganas de más. Mañana nos vamos a Sachsenhausen, un campo de concentración que promete no dejarme indiferente.
