Es hora de…

Desde mi última aventura han pasado muchas cosas, demasiadas quizá, he tenido que acallar por un tiempo mi gen wanderlust para dedicar mis energías a otras cosas, pero las alas solo significan libertad abiertas en pleno vuelo, plegadas a la espalda no son más que una carga, y ya siento ese gusanillo dentro que me pide volar, dejando todo lo demás en pausa.

A unas horas de empezar una nueva y apasionante aventura por Costa Rica, esta vez con una compañía de excepción que seguro me va a aportar un montón de buenos momentos entre risas, he tomado un respiro para reflexionar sobre todo lo que ha ocurrido en estos meses. Las noticias, a veces, son como un jarro de agua fría que te caen encima despertándote del letargo en el que te encontrabas y así ocurrió que, de repente, tuve que asimilar que, sin saberlo, había estado perdiendo poco a poco a uno de los pilares de mi vida, incorporar en mi día a día la incertidumbre por lo que está por venir y seguir adelante cuando solo tienes ganas de esconderte y gritar a la vida para preguntarle por qué a veces es tan cabrona. Pero el título de este blog no es sólo una frase vacía de significado y, a pesar de todo, tenía que encontrar una razón para levantar la cabeza, y así fue que la encontré a ella.

Ella llegó a mi vida para que la corona volviera a ponerse en su sitio, la idea era encontrar algún rato para pasarlo juntas y que eso me diera la energía suficiente para seguir adelante. Lo que yo no sabía era que me iba a quitar la corona y se iba a proclamar reina absoluta de mis días. Me enamoré perdidamente y ya no podía estar solo unas horas con ella para luego dejarla en su jaula y seguir con mi vida como si nada. Y después de dar muchas vueltas entre las lágrimas, el miedo y los paseos con ella, un día se quedó para siempre. Cambió mis rutinas, lo llenó todo de energía y alegría, también de cariño, convirtió el gris en una gama de colores hermosos y consiguió que volviera a ser yo, de una manera tan auténtica que ni yo misma conocía.

También en estos meses han habido conatos de encontrar a alguien que complete nuestra pequeña familia peluda pero los intentos han sido en vano y sospecho que tiene mucho que ver el hecho de que ella me mira como nunca nadie lo había hecho antes, diciéndome sin hablar “eres todo lo que tengo” y paseando conmigo con ese andar saltarín tan suyo, moviendo el rabito de alegría y girando su cabecita hacia mí para luego volverla al frente, contándole al mundo que está orgullosa de ir a mi lado.

Ha aprendido a entenderme cuando le hablo, a saber lo que está bien y lo que está mal, a acatar mis órdenes sin rechistar porque confía plenamente en mí y a hacer suyo nuestro hogar para defenderlo cuando sea necesario. A cambio, me ha enseñado a disfrutar más de mi escaso tiempo libre, a ser más organizada con el afán de arañar minutos para estar juntas, me ha recordado lo inmenso que es el amor y que gracias a él se pueden lograr cosas increíbles. Y yo no he podido hacer otra cosa que enamorarme más de ella cada día.

Pero necesito volar y este vuelo tengo que hacerlo sin ti, pequeña. Eso si, te puedo asegurar que en cada paisaje verde tú estarás allí correteando por él en mi mente y te prometo que repondré todas las energías para volver, si cabe, con más ganas de vivir nuestra aventura del día a día. Quédate la corona, yo me voy con la cabeza bien alta porque sé que tú estarás esperándome a mi regreso.

Ahora sí, que empiece la aventura! Os espero en San José!

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